Pedro Luis Martín Olivares – Transformar a Venezuela en el estado número 51 de los Estados Unidos es un tema que ha venido apareciendo en redes sociales, impulsado por actores políticos como parte de las reacciones contra el gobierno chavista de Venezuela.
Dada la inmensa desgracia de los partidos políticos de oposición de ser perdedores en serie en la procura de llegar a Miraflores, su frustración los ha llevado a asociarse económicamente con Estados Unidos a cambio del poder político. En este Articulo se analiza la viabilidad de esa absurda locura.
Desde el punto de vista legal, surge la interrogante: ¿Cómo podría ocurrir esto constitucionalmente?
La incorporación de un nuevo estado en Estados Unidos está regulada por el Artículo IV, Sección 3 de la Constitución americana, que requiere: 1. Aprobación del Congreso (mayoría simple en ambas cámaras), 2. Consentimiento de la legislatura del territorio a incorporar, 3. En caso de territorio extranjero soberano: un tratado internacional ratificado por dos tercios del Senado.
El problema fundamental es que Venezuela no es un territorio, es una república soberana con 200 años de historia constitucional. El proceso requeriría:
∙ Disolución voluntaria del Estado venezolano (algo sin precedente moderno).
∙ Un referéndum vinculante en Venezuela con mayoría calificada.
∙ Negociación de deuda soberana (~$150 mil millones en deuda externa).
∙ Transferencia o liquidación de activos del Estado: PDVSA, Banco Central, fuerzas armadas.
∙ Aprobación de los 50 estados actuales. Aunque no es requerida constitucionalmente, políticamente es inevitable.
Vale recurrir a la analogía histórica más cercana: La anexión de Texas en 1845. Texas era una república independiente, República de Texas, 1836-1845, que solicitó voluntariamente la incorporación. Tardó 9 años desde su independencia hasta la anexión, y aun así desencadenó la Guerra México-Estados Unidos (1846-1848). Y Texas tenía una población de apenas 140,000 habitantes.
Desde el punto de vista político interno, sería un tsunami en el partido demócrata.
En la ecuación electoral, seria una pesadilla demócrata, Venezuela tiene aproximadamente 21 millones de votantes potenciales. La pregunta es: ¿cómo votarían? La evidencia apunta mayoritariamente hacia el voto republicano, ya que la actual narrativa vincula el socialismo del siglo XXI del chavismo con el ala política del senador Bernie Sanders. La diáspora venezolana en Florida ha sido históricamente el grupo hispano más anti-socialista de América Latina y vota entre 70-75% republicano (datos electorales de Miami-Dade, 2020-2024). Una población que vivió bajo el chavismo tendría aversión profunda al Estado intervencionista, al socialismo de Estado, y a la retórica de “justicia social” que asociarían con Maduro. El catolicismo conservador y el evangelismo creciente en Venezuela empujarían hacia posiciones socialmente conservadoras
También el impacto en el Senado, Venezuela como estado aportaría 2 senadores. Dado el perfil político probable, serían republicanos, rompiendo el equilibrio del Senado de manera permanente. De igual forma en la Cámara de Representantes, ya que con unos 30 millones de habitantes, Venezuela tendría derecho a aproximadamente 40-42 representantes, comparable a California con 52. Esto redistribuiría escaños de estados demócratas del noreste.
En cuanto a la presidencia de los Estados Unidos, el Impacto en el Colegio Electoral se expresaría en que Venezuela aportaría 42-44 votos electorales, convirtiéndose en el segundo o tercer estado más grande. Si vota republicano consistentemente, haría casi matemáticamente imposible que un demócrata gane la presidencia sin ganar ese estado.
Hay una paradoja histórica, Puerto Rico, con 3.2 millones de votantes y perfil más favorable a los demócratas, lleva décadas sin ser admitido precisamente porque el Partido Republicano bloquea su incorporación. Venezuela tendría el efecto inverso: los republicanos podrían apoyarla y los demócratas se opondrían ferozmente.
Ahora recordemos que Estados Unidos tiene 50 estados independientes y todos y cada uno de ellos tendría un inmenso impacto que se discutiría de manera individual. Por ejemplo, en cuanto a la redistribución del poder político, la incorporación de 30 millones de habitantes generaría una reconfiguración del Colegio Electoral y la Cámara de Representantes mediante el proceso de reproporcionalidad. Estados como Montana, Wyoming, Vermont perderían influencia proporcional dramáticamente. El principio de “un hombre, un voto” obligaría a redistribuir escaños. Estados pequeños resistirían ferozmente ya que su peso relativo en el Senado de 2 votos cada uno se mantendría, pero su relevancia nacional se reduciría.
En cuanto al impacto fiscal y presupuestario, Venezuela, con un PIB per cápita de muy bajo, sería inmediatamente el estado más pobre de la unión, por debajo de Mississippi. Esto activaría automáticamente transferencias masivas federales. Medicaid y Medicare tendrían 30 millones de nuevos elegibles en un sistema de salud colapsado. SNAP, cupones de alimentos, se repartirían en la mayoría de la población, ya que por sus bajos ingresos calificaría. El Fondo Federal de Carreteras, el sistema eléctrico colapsado y las telecomunicaciones se han estimado en conservadoramente en $200-400 mil millones en inversión federal en los primeros 10 años. Los estados contribuyentes netos (California, Nueva York, Texas, Illinois) cargarían con una factura sin precedente.
Como analogía, se puede recordar la reunificación alemana (1990) como el caso más instructivo. Alemania Occidental absorbió a Alemania Oriental con 16 millones de personas y gastó más de 2 billones de euros en 30 años. La brecha económica persiste hasta hoy. Venezuela presenta desafíos comparables, pero con el agravante de infraestructura más debilitada y mayor población.
Desde el punto de vista económico, el activo estratégico: el petróleo. Venezuela posee las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo: 303 mil millones de barriles (Faja del Orinoco). Esto sería la zanahoria geopolítica y económica del argumento anexionista. Escenario optimista (15-20 años), con inversión americana, la producción podría recuperarse de 700,000 barriles/día actuales a 4-5 millones de barriles/día (nivel de los años 90). PDVSA bajo gestión mixta o privatizada generaría ingresos fiscales masivos. Venezuela se convertiría en la garantía energética de independencia de Estados Unidos frente a Arabia Saudita y Rusia.
Veamos un escenario realista (primeros 10 años). Costo de reconstrucción: hospitales, escuelas, carreteras, sistema eléctrico, agua potable. La fuga de cerebros, más de 7 millones de venezolanos emigraron, deja un déficit de capital humano grave. Corrupción institucionalizada haría ineficiente cualquier transferencia fiscal. La industria petrolera requeriría $250-300 mil millones en inversión para rehabilitarse. Estudios académicos muestran que la economía venezolana se contrajo más del 75% entre 2013 y 2021, una depresión más profunda que la Gran Depresión americana. Recuperarla no es un proyecto de años, es un proyecto generacional.
También es pertinente el precedente del Canal de Panamá y la United Fruit Company.
La historia latinoamericana ofrece ejemplos de cómo la incorporación económica sin soberanía política genera resistencia: las “banana republics” del Caribe y Centroamérica bajo influencia de United Fruit Company en el siglo XX mostraron que la penetración económica sin consentimiento popular genera insurgencia, no prosperidad.
Ahora veamos la historia, identidad y resistencia de los venezolanos.
El peso de Bolívar. Venezuela no es un accidente geográfico. Es la cuna del bolivarismo, el movimiento que liberó a cinco naciones del Imperio Español. Simón Bolívar es el padre fundador no solo de Venezuela sino de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. La identidad nacional venezolana está construida sobre la narrativa de la lucha anticolonial. La anexión a Estados Unidos sería percibida por amplios sectores como la negación de 200 años de historia republicana, independientemente de su situación económica actual.
“Un pueblo que olvida su pasado está condenado a repetirlo” — Simón Bolívar
Surgen escenarios de resistencia:
Fase 1: Resistencia política y diplomática: En un escenario de negociación o imposición: La Asamblea Nacional (legítima o no) rechazaría el proceso como inconstitucional. El artículo 1 de la Constitución venezolana de 1999 declara la independencia, libertad y soberanía como irrenunciables. La Corte Internacional de Justicia recibiría demandas de Venezuela y países aliados (Cuba, Nicaragua, Rusia, China, Irán). China y Rusia vetarían cualquier resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que legitimara el proceso. La CELAC, ALBA y Unasur (aun en su estado debilitado) generarían un frente diplomático latinoamericano.
Fase 2: Resistencia civil y desobediencia. Analogía directa: Puerto Rico. A pesar de ser territorio americano desde 1898 (más de 125 años), Puerto Rico mantiene una identidad cultural intacta, su idioma, y movimientos independentistas activos. El Partido Independentista Puertorriqueño y grupos como los Macheteros, que realizaron acciones armadas en los años 70-80, demuestran que la incorporación formal no extingue la resistencia identitaria. Venezuela, con una tradición guerrillera más arraigada (FALN en los años 60, influencia castrista, grupos irregulares actuales como el ELN y disidencias de las FARC en su territorio), tendría una base preexistente de resistencia armada.
Fase 3: Conflicto armado e insurgencia. Este es el escenario más realista y perturbador si la anexión ocurre sin consenso popular amplio.
Grupos que formarían la resistencia:
. Los partidos políticos venezolanos de oposición se dividirían o la mayoría de sus militantes migrarían hacia espacios de todo tipo de resistencia.
∙ Colectivos chavistas armados (los “colectivos”), organizaciones paramilitares que controlan barrios en todas las ciudades grandes de Venezuela. Se estiman entre 10,000 y 20,000 combatientes urbanos.
∙ Militares disidentes: Una fracción de las Fuerzas Armadas Venezolanas que rechazara la incorporación
∙ Guerrillas ideológicas: Remanentes del ELN colombiano y disidencias FARC operando en Venezuela
∙ Redes de apoyo externo: Cuba (inteligencia), Rusia (armamento e instrucción), Irán (financiamiento)
Existe una analogía histórica directa, se trata de la ocupación americana de Filipinas (1899-1913). Cuando Estados Unidos compró Filipinas a España por $20 millones tras la Guerra Hispano-Americana, los filipinos que habían luchado por su independencia se levantaron en armas. La Guerra filipino-americana costó entre 200,000 y 600,000 muertos filipinos, 4,200 soldados americanos muertos, $600 millones de dólares de la época y 14 años de conflicto irregular. El general Arthur MacArthur, padre del famoso Douglas, describió la guerra como “la insurgencia más difícil que hemos enfrentado”. Estados Unidos ganó militarmente pero nunca ganó la legitimidad.
Analogía más reciente, Iraq (2003). La invasión americana derrocó a Saddam Hussein en 21 días. La insurgencia posterior costó 4,500 soldados americanos muertos, más de 100,000 civiles iraquíes muertos, $2 billones de dólares gastados y el surgimiento del ISIS como consecuencia directa del vacío de poder. Venezuela tiene una geografía más favorable a la insurgencia que Iraq, selvas amazónicas, la cordillera de los Andes, los Llanos infinitos, fronteras porosas con Colombia, Brasil y Guyana.
En cuanto al factor geopolítico internacional, China y Rusia no serían espectadores.
China tiene $10-15 mil millones invertidos en Venezuela, préstamos de petróleo por deuda, y acceso estratégico al Atlántico Sur. Rusia tiene contratos activos. Ambos países tratarían la anexión como una línea roja comparable a la expansión de la OTAN en Europa del Este.
Este Artículo es un pequeño Abre Boca del mayúsculo problema que desencadenaría solo el inicio de pensar en una locura irrealizable, ya que las fuerzas de la historia lo impedirían, aparte de que el triunfo de ese parádoxon implicaría lograr la muerte del último venezolano.
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