Pedro Luis Martín Olivares – La administración Trump enfrenta un escenario político complejo a pocos meses de las elecciones de medio mandato de 2026.
La decisión de lanzar una guerra contra Irán, sumada a la intervención en Venezuela, está reconfigurando el panorama electoral y erosionando la confianza de los aliados tradicionales de Estados Unidos en el Medio Oriente, justo cuando la administración busca consolidar su legado en América Latina.
El peso de una guerra no autorizada
El conflicto con Irán, iniciado el 28 de febrero con bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel, se ha convertido en el principal lastre para la administración Trump. A diferencia de los conflictos previos que solían unir a la nación en torno al presidente, esta guerra comenzó sin el apoyo popular y su impopularidad no ha hecho más que crecer. Según encuestas recientes, el 58% de los estadounidenses se opone al conflicto, mientras que solo un tercio cree que la administración tiene un plan claro para resolverlo.
El costo económico está golpeando directamente a los votantes. El precio del petróleo superó los 100 dólares por barril, elevando los precios de la gasolina y desencadenando una inflación que ha erosionado los salarios reales. El Índice de Precios al Consumidor muestra un incremento del 3.8% interanual, el más alto en tres años, mientras que el Índice de Precios al Productor subió un 6% en abril. El costo declarado de la guerra ya asciende a 29 mil millones de dólares, aunque se espera que la factura final sea considerablemente mayor.
La división partidista es profunda. Mientras los republicanos como los senadores John Cornyn y Ted Cruz respaldan la operación como una demostración necesaria de fuerza, los demócratas la califican de inconstitucional y peligrosamente escalatoria. La representante Lizzie Fletcher (D-Texas) acusó al presidente de «empezar una guerra sin autorización del Congreso”. Esta fractura podría ser determinante en noviembre, cuando los demócratas necesitan ganar apenas cinco escaños para recuperar el control de la Cámara de Representantes.
El factor Venezuela
La administración Trump intentó capitalizar electoralmente la intervención en Venezuela, donde se detuvo a Nicolás Maduro para enfrentar cargos por narcotráfico en Nueva York. La estrategia buscaba movilizar a la diáspora venezolana y cubana en Florida, un estado clave donde los republicanos tienen una mayoría marginal en la Cámara de Representantes.
Sin embargo, esta maniobra política enfrenta dos problemas fundamentales. Primero, la mayoría de los votantes hispanos (61%) culpa a las políticas económicas de Trump por el empeoramiento de sus condiciones de vida, y las deportaciones masivas han generado un profundo resentimiento en comunidades que tradicionalmente apoyaban al Partido Republicano. Segundo, la intervención en Venezuela contradice el discurso de «América Primero» que llevó a Trump a la presidencia, generando disidencia incluso dentro del movimiento MAGA. La representante Marjorie Taylor Greene acusó al presidente de abandonar los principios fundamentales del movimiento.
El colapso del tutelaje estadounidense en el Golfo
Mientras la administración se enfoca en América Latina, la guerra con Irán está causando un daño estratégico profundo en el Medio Oriente. Los países del Golfo, que tradicionalmente han dependido del paraguas de seguridad estadounidense, están reconsiderando su relación con Washington. Las bases militares de Estados Unidos en Qatar, Bahréin, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos se han convertido en objetivos de los ataques iraníes, transformándose de símbolos de protección en puntos de vulnerabilidad.
Arabia Saudita está liderando un cambio de paradigma. El príncipe heredero Mohammed bin Salman está diversificando las alianzas de seguridad, fortaleciendo la cooperación con Turquía, Pakistán y China, mientras mantiene un delicado equilibrio con Irán a través de la distensión diplomática. Un funcionario árabe de alto rango resumió la nueva realidad: «La guerra con Irán no ha hecho que Estados Unidos sea irrelevante, lo ha hecho insuficiente”. La confianza en el juicio estratégico de Washington se ha erosionado, y los líderes del Golfo temen que sus países se conviertan en rehenes de un conflicto que no eligieron y cuyas consecuencias están soportando de manera desproporcionada.
El legado de Obama y la advertencia ignorada
La ironía histórica es inevitable: Donald Trump se encuentra en una posición peor por no haber seguido la doctrina de política exterior de su predecesor, Barack Obama, a quien tanto desprecia. Obama resumía su enfoque en una simple máxima: «No hagan estupideces”. Esta filosofía, nacida de las lecciones de las guerras de Afganistán e Irak, advertía contra la arrogancia y la falta de planificación en intervenciones militares.
Trump comparte algunas intuiciones obamistas, ambos son escépticos sobre la construcción de naciones en tierras lejanas y críticos con los aliados que dependen excesivamente del poder estadounidense. Pero mientras Obama era frío y calculador, Trump es impulsivo, desprecia los detalles y se deleita en la intimidación. La guerra con Irán, emprendida sin un plan claro de victoria y con la expectativa irreal de que los bombardeos provocarían un cambio de régimen, es un ejemplo clásico de «estupidez» en el sentido de Obama.
Conclusión
A medida que se acercan las elecciones de medio mandato, la administración Trump enfrenta una tormenta perfecta: una guerra impopular en Irán que alimenta la inflación, una intervención en Venezuela que divide a su base electoral y la pérdida de confianza de aliados estratégicos en el Medio Oriente. El intento de utilizar la política exterior como herramienta electoral parece estar teniendo el efecto contrario, y el legado del presidente podría definirse no por los acuerdos comerciales que prometió, sino por los conflictos que no pudo evitar. Como advirtió Obama: en un mundo difícil, la inteligencia no lo es todo, pero la estupidez presidencial causa catástrofes.
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