Pedro Luis Martín Olivares – Donald Trump prometió orden en la frontera y lo cumplió. Esa es la primera concesión que hace The Economist en su artículo «The Unwelcoming States of America», publicado el 27 de agosto de 2026. El semanario británico, habitualmente crítico del magnate republicano, reconoce que la frontera sur, que durante los primeros años de Joe Biden era un espectáculo de caos visible, hoy está en calma.
Los cruces irregulares se han desplomado. El orden, en el sentido más literal y superficial del término, ha sido restaurado. Para millones de votantes estadounidenses, esa sola realidad justifica el voto que emitieron a favor de Trump. La seguridad fronteriza, después de todo, no es una demanda exclusiva de la derecha: cualquier Estado tiene el derecho soberano de decidir quién entra y quién sale de su territorio.
Pero el artículo introduce de inmediato un matiz que relativiza el mérito presidencial. La disminución de los cruces irregulares no comenzó con Trump, sino con Biden, quien tardíamente cerró el resquicio legal que permitía a casi cualquier persona caminar hasta la frontera, solicitar asilo y, mientras su caso se resolvía, incorporarse al mercado laboral. Ese detalle revela que el problema no era irresoluble ni requería las medidas extremas que vendrían después. Bastaba con ajustar ciertos mecanismos administrativos para recuperar el control. La diferencia es que Biden lo hizo con reticencia y a destiempo, mientras que Trump convirtió la frontera en el eje de su identidad política y en una cruzada moral.
Y aquí comienza el verdadero problema. Ese éxito inicial, sostiene The Economist, podría haber sido la base sobre la que construir una política migratoria racional. Los votantes quieren sentir que controlan quién entra al país, y ese instinto no es incompatible con una apertura ordenada y selectiva. La mayoría de las democracias desarrolladas combinan fronteras controladas con programas de inmigración legal que responden a necesidades económicas concretas. Estados Unidos, con su vasto territorio, su economía dinámica y su población envejecida, estaba en una posición ideal para diseñar un sistema migratorio selectivo, humano y funcional a sus intereses nacionales. Pero no lo hizo.
En lugar de utilizar el control fronterizo como plataforma para una reforma integral, que podría haber incluido visados de trabajo, programas de reunificación familiar y rutas legales para refugiados, la administración Trump optó por una agenda mucho más restrictiva. No se trataba solo de controlar la frontera, sino de revertir la trayectoria demográfica del país. Y ahí, sentencia el semanario, comienza el error que está condenando a Estados Unidos a un declive lento pero inevitable.
La tesis central del artículo es devastadora: al intentar cambiar su composición demográfica, Donald Trump no está fortaleciendo a su país, lo está debilitando. Estados Unidos es, quizás más que cualquier otra nación del mundo, un país construido sobre la inmigración. Desde los peregrinos del Mayflower hasta las oleadas masivas de irlandeses, italianos, judíos, polacos, chinos, mexicanos, vietnamitas y centroamericanos, la historia estadounidense es, en gran medida, la historia de sucesivas generaciones de recién llegados que transformaron un territorio vasto y despoblado en la primera potencia económica, militar y cultural del planeta. Esa realidad no es solo retórica patriótica. Tiene consecuencias demográficas, económicas y culturales concretas que el artículo desgrana con precisión.
Estados Unidos, a diferencia de Europa o Japón, ha logrado mantener una población relativamente joven y una fuerza laboral en crecimiento gracias, en gran parte, a la inmigración. Mientras países como Alemania, Italia o Corea del Sur enfrentan crisis de natalidad y envejecimiento acelerado, Estados Unidos ha compensado su baja tasa de fecundidad nativa con la llegada constante de trabajadores extranjeros y sus familias. Esa dinámica ha sostenido el consumo, financiado el sistema de pensiones, impulsado la innovación y mantenido la vitalidad de ciudades que, de otro modo, se habrían marchitado. Sin inmigrantes, la ecuación demográfica se vuelve insostenible. Menos trabajadores activos significa menos contribuyentes, y más jubilados significa más gasto en pensiones y atención médica. Japón, con su población envejecida y su rechazo histórico a la inmigración masiva, es el ejemplo más citado de cómo una nación puede estancarse económicamente durante décadas. Estados Unidos, advierte The Economist, corre el riesgo de seguir ese camino.
Pero hay más. La obsesión por cerrar las puertas no solo envejece a la población, también ahuyenta al talento global. Estados Unidos ha sido durante décadas el principal imán mundial para científicos, ingenieros, médicos, emprendedores y artistas. Universidades como Harvard, Stanford o MIT atraen a los mejores estudiantes del planeta, muchos de los cuales se quedan a trabajar, investigar y crear empresas. Silicon Valley, Hollywood, Wall Street y los grandes centros de investigación biomédica deben buena parte de su éxito a inmigrantes o hijos de inmigrantes. Una política migratoria restrictiva, xenófoba o simplemente hostil ahuyenta a ese talento. Los estudiantes internacionales, temerosos de no poder quedarse tras graduarse, optan por Canadá, Australia o Europa. Los emprendedores buscan entornos más acogedores. Los científicos emigran a países donde sus investigaciones no son cuestionadas por su origen. El resultado, a mediano y largo plazo, es una pérdida de competitividad frente a potencias como China, que no duda en atraer talento global con programas agresivos de reclutamiento.
Las consecuencias económicas de cerrar las puertas son igualmente graves. La agricultura californiana, la construcción en Texas, la hostelería en Florida y la tecnología en California dependen en gran medida de trabajadores inmigrantes, muchos de ellos indocumentados. Sin ellos, las cosechas se pierden, las obras se retrasan, los hoteles no encuentran personal y las empresas tecnológicas no cubren sus vacantes. Esa escasez genera presiones inflacionarias. Cuando la oferta de trabajo se contrae y la demanda de bienes y servicios se mantiene, los precios suben. Los salarios pueden aumentar para los trabajadores nativos, pero ese aumento se traslada a los consumidores. El resultado es una economía menos eficiente, más cara y menos competitiva en los mercados internacionales. Las pequeñas empresas, restaurantes, talleres, granjas familiares, tiendas de barrio, son las más vulnerables. A diferencia de las grandes corporaciones, que pueden automatizar o deslocalizar, las pequeñas empresas dependen del trabajo humano y de la comunidad. Cuando esa comunidad se reduce, los negocios cierran, los barrios se vacían y la vitalidad económica local se apaga.
El artículo de The Economist no ignora las consecuencias sociales y culturales de esta cruzada restrictiva. El debate migratorio en Estados Unidos no es solo económico o demográfico, es, sobre todo, cultural e identitario. Para muchos estadounidenses, la inmigración representa una amenaza a su forma de vida, a su lengua, a sus tradiciones y a su sentido de pertenencia. Esa ansiedad, explotada políticamente por Trump y sus aliados, ha convertido la frontera en un símbolo de resistencia cultural más que en un espacio geográfico. Pero el semanario, fiel a su tradición liberal, sugiere que esa ansiedad es comprensible pero mal orientada. La identidad estadounidense no es étnica ni racial, sino cívica: se basa en principios, no en apellidos. Cerrar las puertas no protege esa identidad, la contradice, porque la esencia de Estados Unidos es, precisamente, la capacidad de integrar a personas de todo el mundo en un proyecto común.
La xenofobia como política de Estado tiene consecuencias graves: normaliza el racismo, legitima la violencia contra minorías, polariza a la sociedad y debilita la cohesión social. Los inmigrantes, incluso los legales, se sienten amenazados, las comunidades se fragmentan, la confianza en las instituciones se erosiona. El país se vuelve más inseguro, no más seguro. Y en el plano internacional, una política migratoria hostil tiene consecuencias geopolíticas. Estados Unidos, que durante décadas se presentó al mundo como faro de libertad y oportunidad, pierde credibilidad moral cuando cierra sus puertas a refugiados y migrantes. Sus adversarios, China, Rusia, Irán, utilizan esa contradicción para deslegitimar su discurso sobre derechos humanos y democracia. Sus aliados, Canadá, Europa, Australia, se distancian, adoptando políticas migratorias más abiertas que atraen al talento que Estados Unidos rechaza. En un mundo cada vez más interconectado, el aislamiento no es una estrategia viable. Las naciones que prosperan son las que se abren al mundo, no las que se cierran. Estados Unidos, advierte The Economist, está eligiendo el camino equivocado.
La paradoja central del artículo es que Trump, el presidente que prometió «Make America Great Again», podría estar haciendo exactamente lo contrario: encogiendo a Estados Unidos. Su obsesión por restaurar una supuesta grandeza pasada, blanca, industrial, homogénea, lo lleva a implementar políticas que debilitan la economía, envejecen la población, ahuyentan el talento y aíslan al país. Esa nostalgia demográfica es, en el fondo, una forma de negación de la realidad. Estados Unidos ya no es el país de 1950, ni puede volver a serlo. La globalización, la tecnología, la migración y la diversidad han transformado el mundo, y ninguna política puede revertir esas fuerzas. Pretender hacerlo es tan ilusorio como intentar detener la marea.
The Economist concluye, implícitamente, con una propuesta alternativa: la verdadera grandeza de Estados Unidos no está en cerrar las puertas, sino en saber abrirlas con inteligencia. Una política migratoria racional combinaría control fronterizo con rutas legales, selección de talento con protección de refugiados, integración cultural con respeto a la diversidad. Esa política no sería débil ni ingenua, sería estratégica y soberana. La historia demuestra que las naciones que se abren prosperan y las que se cierran se estancan. Estados Unidos, fundado por inmigrantes y enriquecido por generaciones de recién llegados, no debería ser la excepción.
El artículo «The Unwelcoming States of America» es, en última instancia, una advertencia. No se limita a criticar a Trump ni a su política migratoria, plantea una reflexión más profunda sobre el significado de la identidad nacional, el papel de la inmigración en la economía moderna y las consecuencias de elegir el miedo sobre la esperanza. Estados Unidos enfrenta una encrucijada histórica. Puede continuar por el camino del cierre, la xenofobia y la nostalgia demográfica, cosechando aislamiento, estancamiento y declive. O puede recuperar su tradición de apertura, integración y diversidad, construyendo sobre el control fronterizo una política migratoria racional, humana y estratégica. El semanario no ofrece respuestas definitivas, pero sí una dirección clara: la grandeza de una nación no se mide por quiénes deja fuera, sino por quiénes sabe incluir. Al intentar cambiar su trayectoria demográfica, Donald Trump no está haciendo a Estados Unidos más fuerte, lo está haciendo más pequeño. Y ese, quizás, sea el precio más alto de todos.
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