Pedro Luis Martín Olivares – El Regreso de lo «Pequeño» en un Mundo de Gigantes
En el escenario geopolítico contemporáneo, donde la retórica de la confrontación entre grandes potencias ha resurgido con fuerza, un fenómeno táctico y estratégico parece haber cobrado una relevancia inusitada: la guerra de guerrillas o, en un sentido más amplio, la guerra asimétrica. El reciente artículo de los experimentados exministros Jorge G. Castañeda (México) y Carlos Ominami (Chile) plantea una tesis provocadora y lúcida: los conflictos en Ucrania e Irán han demostrado que esta forma de lucha, tradicionalmente asociada a movimientos insurgentes del siglo XX, se ha convertido en una herramienta viable para estados-nación que buscan contrarrestar el poderío de adversarios superiores.
Este análisis no es un mero ejercicio académico; es un llamado de atención urgente para América Latina. En un mundo multipolar donde «si los poderes medios no están en la mesa, están en el menú», la región se encuentra en una posición paradójica. Posee recursos vitales para la transición energética y la seguridad alimentaria global, pero carece de la influencia política y militar para traducir esa riqueza en poder real. El texto de Castañeda y Ominami ofrece una hoja de ruta, pero también plantea interrogantes profundos sobre la identidad y el futuro de una región que parece oscilar entre el sometimiento y la búsqueda de una autonomía estratégica que, históricamente, se le ha resistido.
A lo largo de las siguientes páginas, desglosaremos los argumentos centrales del artículo, explorando la evolución histórica de la guerra asimétrica, su aplicación en los escenarios de Ucrania e Irán, y las lecciones que América Latina debería extraer de estas experiencias para navegar en un océano de tensiones entre Estados Unidos, China y Rusia.
De la Sierra Maestra al Estrecho de Ormuz. La Evolución del Concepto
El artículo de Castañeda y Ominami realiza un acertado recorrido histórico, ubicando el origen de la guerra de guerrillas en la resistencia escita contra Darío I, y consolidándolo en la insurgencia española contra Napoleón. Sin embargo, su análisis cobra verdadera profundidad al distinguir dos vertientes fundamentales de esta práctica: la defensiva (resistencia a una invasión) y la ofensiva (revolución contra un régimen o colonizador).
La referencia a Ernesto «Che» Guevara y su manual es clave. La obra del argentino no solo fue un compendio táctico, sino un manifiesto político que inspiró a toda una generación de movimientos revolucionarios en América Latina. Castañeda y Ominami mencionan, con razón, el fracaso de Guevara en el Congo y Bolivia, pero quizás omiten subrayar un aspecto crucial: el «foquismo» guevarista fracasó estrepitosamente en el Cono Sur, pero triunfó en Nicaragua, y dejó una huella imborrable en la cultura política de la izquierda latinoamericana. Este legado es importante porque el artículo sugiere, al final, que el manual de Guevara «podría encontrar una nueva audiencia» en la región. La pregunta que surge es: ¿qué tipo de audiencia? ¿La de los estados-nación que buscan disuadir a una superpotencia, o la de los movimientos antisistema que buscan desestabilizar a gobiernos considerados dóciles?
La evolución del arsenal guerrillero, desde los fusiles y las bombas rudimentarias hasta los drones autónomos y el control de puntos de estrangulamiento marítimo, marca un cambio de paradigma. La guerra ya no se libra solo en la selva o la montaña, se libra en el ciberespacio, en el espectro electromagnético y en las rutas comerciales globales. Esta modernización tecnológica permite que un actor más débil inflija un coste desproporcionado a un adversario más fuerte, generando un estancamiento que, en términos políticos, puede traducirse en una victoria para el defensor.
Ucrania y la Guerra de Desgaste Tecnológico
El caso de Ucrania es, sin duda, el ejemplo más paradigmático de la tesis de Castañeda y Ominami. Ante la invasión rusa, Kiev no dispuso de una fuerza convencional capaz de detener el avance inicial de Moscú. Sin embargo, la combinación de apoyo occidental, inteligencia compartida y, fundamentalmente, una impresionante capacidad de innovación en la guerra con drones le ha permitido no solo contener al agresor, sino pasar a la ofensiva táctica y estratégica.
El artículo acierta al señalar que Ucrania ha utilizado drones no solo para el reconocimiento y la artillería de precisión, sino para atacar objetivos estratégicos en lo profundo del territorio ruso. Esta capacidad de proyección de poder, aunque limitada, ha tenido un impacto psicológico y logístico considerable en el Kremlin. Sin embargo, la conclusión de Castañeda y Ominami sobre el resultado de la guerra es cautelosamente optimista: «no está claro si esto será suficiente para obligar a Putin a aceptar una paz negociada».
Desde una perspectiva analítica, el caso ucraniano demuestra que la guerra asimétrica tiene un techo. Ucrania depende completamente del flujo constante de armas, inteligencia y financiamiento de Occidente. La paciencia de los contribuyentes europeos y estadounidenses no es infinita, y la maquinaria de guerra rusa, aunque torpe, es inmensa y ha demostrado una capacidad de adaptación y una resistencia a las sanciones que muchos analistas subestimaron. La guerra de guerrillas moderna, en este contexto, puede llevar a un punto muerto, pero lograr la victoria total sobre una potencia nuclear con capacidad de movilización masiva sigue siendo una quimera. Ucrania no está ganando la guerra en el sentido convencional; está sobreviviendo, y eso, en sí mismo, es un logro monumental, pero su éxito final depende de factores que escapan a su control directo: la voluntad política de sus aliados.
Irán y el Arte de la «Guerra Indirecta»
El análisis del conflicto entre Estados Unidos-Israel e Irán es quizás el más novedoso y arriesgado del artículo. Castañeda y Ominami argumentan que Irán se encuentra en una «posición de fuerza» al amenazar con cerrar el Estrecho de Ormuz y al «arrastrar» a los países del Golfo al conflicto.
Esta es una lectura que desafía la narrativa predominante en Occidente. Desde la perspectiva del autor de este análisis, la afirmación de que Irán puede surgir como «vencedor» parece prematura. La estrategia iraní, centrada en el uso de misiles balísticos, drones, y su red de grupos proxy (Hezbollah, Hutíes), encaja perfectamente en el manual de la guerra asimétrica. Irán sabe que no puede enfrentarse directamente a la Armada de los EE. UU. en una batalla naval convencional, por lo que ha optado por desarrollar un «arsenal de disuasión» basado en la capacidad de infligir un daño masivo a la infraestructura energética global y a los intereses estadounidenses en la región.
No obstante, el éxito de esta estrategia depende de un fino equilibrio. Irán está bajo una presión económica extrema. La paciencia a la que aluden los autores es, en parte, una virtud nacida de la necesidad, pero también es un arma de doble filo. La economía iraní está sangrando, y la presión interna puede, a largo plazo, erosionar la estabilidad del régimen. La afirmación de que Trump está «desesperado por una victoria» y ha cometido «graves errores de cálculo» es discutible. La administración estadounidense, bajo cualquier mandato, tiene una capacidad de respuesta militar abrumadora.
El verdadero éxito de Irán, como el de Ucrania, reside en su capacidad de «regionalizar» el conflicto. Al involucrar a los países del Golfo, no necesariamente a través de ataques directos sino mediante la amenaza de su participación, Irán eleva el coste de una escalada para los EE. UU., obligando a Washington a considerar no solo la defensa de Israel, sino la estabilidad de todo el Golfo Pérsico. Esta es una versión moderna del principio de «defensa en profundidad» aplicado a la geopolítica. La asimetría se convierte en una herramienta para disuadir, no para vencer en el campo de batalla.
América Latina: El Gigante Dormido ante la Disyuntiva Histórica
Tras el análisis de los casos externos, el artículo de Castañeda y Ominami realiza un giro hacia su verdadero objetivo: la situación de América Latina. La caracterización de la región como «un actor menor» en el escenario mundial, que representa solo el 8% de la población y el 6% del PIB global, es un diagnóstico duro pero realista.
Sin embargo, los autores son perspicaces al señalar las «ventajas» de la región. Ser el mayor exportador neto de alimentos, poseer las mayores reservas de agua dulce y ostentar la mayor biodiversidad del planeta no son datos menores. En un mundo que se enfrenta a una crisis climática y a una creciente escasez de recursos, estos activos se convierten en fuentes de poder estructural. Además, el control sobre el litio y el cobre, esenciales para las baterías de los vehículos eléctricos y la transición energética, sitúa a países como Chile, Argentina y Bolivia en una posición de potencial influencia global.
La pregunta es: ¿cómo convertir estos recursos en poder de negociación? La respuesta de Castañeda y Ominami, implícita en la primera parte de su artículo, es que la región debería considerar una estrategia de no alineamiento activo o una asimetría calculada. Si países pequeños como Ucrania o Irán pueden resistir a grandes potencias mediante tácticas irregulares, ¿por qué una región entera con recursos vitales no podría hacerlo?
El problema, como reconocen los autores, es la voluntad política. La región, que ha sido históricamente el patio trasero de EE. UU., carece de la cohesión necesaria para articular una postura común. La mención a los recientes triunfos de candidatos de derecha en Chile, Ecuador, Perú y Colombia sugiere un giro hacia una mayor aquiescencia a Washington, lo que fragmentaría aún más cualquier intento de autonomía estratégica. Brasil, con su polarizada elección, y México, con su presidente popular pero sometido a la presión constante de su poderoso vecino del norte, parecen atrapados en una dinámica de dependencia que les impide actuar como líderes regionales.
La cita de Mark Carney en Davos es lapidaria: «si los poderes medios no están en la mesa, están en el menú». Esta es la esencia del argumento final de los autores. Si América Latina no aprende a usar su poder blando (recursos naturales) y potencial asimétrico (control de puntos clave como el Canal de Panamá, o incluso la gestión de sus propias fronteras), será devorada por las rivalidades entre grandes potencias. Ya sea a través de la presión para alinearse con la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, o mediante la creciente influencia china en la región (a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta), el margen de maniobra se está reduciendo.
¿Un Nuevo «Che» para la Era Digital?
El artículo concluye con una advertencia escalofriante y sugerente: «no sería sorprendente que el libro del Che Guevara encuentre una nueva audiencia». Esta frase debe interpretarse en un contexto amplio.
Si la guerra asimétrica, la resistencia y la estrategia de no alineación se convierten en las únicas herramientas viables para defender la soberanía y los intereses de una región rica pero políticamente débil, es plausible que la retórica de la insurgencia adquiera nuevos matices. No se trata necesariamente de que América Latina se llene de nuevos movimientos guerrilleros de corte maoísta o castrista. La «nueva audiencia» para el legado de Guevara podría ser la de los estadistas y estrategas que buscan en la asimetría un manual de supervivencia, no de revolución.
Esta sería una ironía histórica. Guevara, el revolucionario internacionalista, soñaba con una América Latina unida contra el imperialismo. Su manual estaba destinado a derrocar a las élites y sus aliados externos. Hoy, el manual podría ser reinterpretado por los gobiernos de esas mismas élites para protegerse de la presión de las grandes potencias. La «guerra de guerrillas» se transforma en «diplomacia asimétrica», donde el control sobre recursos y puntos estratégicos reemplaza a las balas, y la cibernética y la comunicación global sustituyen a la propaganda de la radio clandestina.
El gran desafío para América Latina, como sugiere el artículo, no es militar ni táctico, sino fundamentalmente político y cultural. Requiere de una clase dirigente con visión de Estado, capaz de superar la fragmentación y la mezquindad de la política local para articular una estrategia común. Mientras los países latinoamericanos sigan viéndose como competidores entre sí (por inversiones o por la atención de Washington) en lugar de como socios estratégicos, la profecía de Castañeda y Ominami se cumplirá: estarán en el menú.
En un mundo donde la guerra total es impensable y la paz absoluta es frágil, la asimetría se ha convertido en el campo de batalla definitivo. América Latina tiene los recursos y las características para ser un jugador formidable en ese campo, pero le falta el coraje y la imaginación política para hacerlo. La advertencia de los exministros no es un llamado a la violencia; es un llamado a despertar del letargo geopolítico. El futuro de la región no se decidirá únicamente en Washington, Pekín o Moscú, sino en la capacidad de sus líderes para entender que, en un mundo multipolar, el poder ya no reside solo en los misiles, sino en la paciencia, la unidad y la audacia de quienes saben que, incluso siendo más débiles, pueden cambiar el curso de la historia.
Sabías que puedes leer este artículo y otros en Telegram

Sé el primero en comentar en «La guerra asimétrica como paradigma, lecciones de Ucrania e Irán para una América Latina»