Pedro Luis Martín Olivares – La figura de «Delcy» encapsula la situación límite a la que puede ser sometido un gobernante. Tiene que equilibrar su capacidad de maniobra real interna con la amenaza inmensamente desproporcional externa. Mantener el orden y evitar una escalada de la violencia recae sobre su gobierno.
El ataque inicial de shock and awe, término acuñado por Harlan K. Ullman y James P. Wade en los 90, pero cuya esencia se refleja en la doctrina de wei o amenaza abrumadora de Sun Tzu, cumple su objetivo: paralizar la voluntad de resistencia a gran escala mediante el terror. Los atacantes al aceptar a Delcy, buscan un punto de interfaz eficiente y un amortiguador contra el descontento popular.
En este sentido, vamos a hacer un ejercicio imaginativo, vamos a construir uno de los muchos argumentos hilados en discurso, que le puede pasar a Delcy, infinitas veces cada día, por su cabeza.
Discurso a la Nación de la Presidenta Encargada Delcy Rodríguez
Hermanas y hermanos, compatriotas:
Me dirijo a ustedes en la noche más oscura de nuestra historia. Hace apenas semanas, éramos un pueblo soberano, con nuestros conflictos, nuestras esperanzas, nuestra vida normal. Y en un instante, el cielo se desplomó sobre nosotros. Presenciamos un poder destructivo más allá de nuestra comprensión. Perdimos a nuestros líderes, a familias enteras, a pedazos de nuestras ciudades. El dolor que llevamos dentro es un país entero llorando.
A mí, que no buscaba este puesto, me ha tocado recoger los pedazos. No les voy a mentir: no me eligieron las urnas. Me eligió el caos. Y acepté esta carga por una sola razón: para evitar que un caos mayor, una destrucción total, se llevara lo último que nos queda: nuestra gente. Cada uno de ustedes.
Por eso hoy vengo a hablarles con la crudeza que la hora exige. Nos encontramos en un estado de emergencia nacional sin precedentes. No es una metáfora. Es la realidad física de nuestra supervivencia.
Se preguntarán hoy, y es justo que lo hagan: ¿Por qué permitimos la presencia de quienes nos atacaron, de sus empresas, de esos… operativos en nuestra industria petrolera? La respuesta no es fácil, pero es clara: porque no tenemos elección. No es una decisión de política exterior. Es un cálculo de supervivencia pura y dura.
Les explico: el ataque que sufrimos no fue solo un bombardeo para un secuestro. Fue un mensaje. Un mensaje que decía: “Podemos borrarles del mapa en cuestión de horas”. Cualquier gesto de rechazo frontal, cualquier acto de violencia contra ellos, no sería un acto de heroísmo. Sería un acto de suicidio colectivo. Y mi primer mandato, el único que me he impuesto en esta pesadilla, es evitar que nadie más tenga que morir.
El petroleo, nuestro principal recurso, es ahora nuestra única moneda de cambio. Es el precio de un alto al fuego permanente. Ellos la necesitan. Nosotros necesitamos que no vuelvan a disparar. Este no es un tratado entre naciones. Es la condición impuesta por un sobreviviente a punto de ser arrojado de un acantilado. Agarrarse a la roca, por desagradable que sea, es lo único que impide la caída.
He escuchado las voces que me llaman traidora, cobarde. Las llevo en el pecho como un puñal. Pero les hago una pregunta, la pregunta más difícil de todas: ¿Qué preferirían? ¿Una resistencia simbólica que encienda la mecha de nuestra aniquilación, o la paciencia agónica que nos permita vivir un día más, respirar un día más, y desde ahí, reconstruir? Venezuela no es el único país del mundo bajo amenaza y los más grandes se inmovilizan ante las armas de destrucción masiva.
Yo he elegido la paciencia. He elegido la reconstrucción desde los escombros. Cada barril de petróleo que sale es un día más de tregua que compramos. Y en ese día, nuestro deber sagrado es hacer tres cosas: enterrar a nuestros muertos, cuidar a nuestros vivos y fortalecer nuestra casa.
Por eso, mi gobierno, este gobierno de emergencia, centrará todas sus energías, todos los recursos que podamos salvar, en lo siguiente:
Como primera prioridad, destinar los recursos económicos que ingresen a las familias venezolanas. La logística de la vida.
La reconstrucción de infraestructura crítica: agua, energía básica, comunicaciones.
La unidad nacional. No toleraré el oportunismo, el saqueo o la división. Nuestro enemigo no está entre nosotros. Nuestro enemigo es la desesperación que nos lleva a destruirnos unos a otros.
No les pido que les sonrían a aquellos que nos hirieron. Les pido, con el corazón en la mano, que no les den una excusa para terminar el trabajo. Nuestra fuerza ahora no está en los puños, que están quebrados. Está en nuestra capacidad de aguantar. De ser más duros que el acero. De ser resilientes.
Este no es el discurso de un triunfo. Es el discurso de la responsabilidad en el “por ahora” de Chávez. No les prometo victorias rápidas ni falsas esperanzas. Les prometo transparencia en lo que podemos hacer, y firmeza para protegerlos de lo peor. Les prometo que cada decisión, por dura que sea, se tomará con una sola brújula: preservar la llama de esta nación, aunque sea como una brasa bajo la ceniza.
No sabemos qué traerá el mañana. Pero si hoy nos mantenemos unidos, calmados y centrados en cuidarnos los unos a los otros, habremos ganado lo único que importa: la posibilidad de un mañana.
Que Dios, el destino, la fuerza de nuestro pueblo, nos ayude a todos.
Este discurso imaginario, revela que estamos en presencia de la primera mujer presidenta de Venezuela ejerciendo un gobierno que exige emplearse a fondo en dos estrategias extremas contradictorias simultaneas. Algo sin precedentes en la historia de la humanidad, ya que ejemplos como los regímenes de Vichy (1940-1944) en la Francia ocupada por Hitler y la traición de Quisling en Noruega no se aplican con Delcy, ya que su lealtad al chavismo ha sido a toda prueba, aparte de que el caso Venezuela tiene un entramado altamente complejo, que obliga al decisor, ser un decisor situacional político.
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