Delcy y Héctor en alineación estratégica

Pedro Luis Martín Olivares – La captura del presidente Nicolás Maduro y la respuesta del Gobierno encabezada por la vicepresidenta Delcy Rodríguez, han reavivado un debate histórico y estratégico dentro del oficialismo venezolano:

¿Es prudente persistir en una confrontación que puede costar caro, o conviene adoptar una táctica de repliegue temporal para preservar fuerzas y capital político?

Las declaraciones del viernes pasado del ministro de Educación, Héctor Rodríguez, ofrecen una lectura clara y deliberadamente defensiva de la decisión ejecutiva, enmarcándola en una tradición política que remite al propio Hugo Chávez y a su célebre “por ahora”.

Rodríguez planteó que la postura asumida luego de la detención del presidente responde a un cambio en la correlación de fuerzas frente a Estados Unidos y a actores externos e internos que buscan desestabilizar al país. Desde esa premisa, la prudencia estratégica no es una muestra de debilidad sino una táctica de supervivencia política. El ministro recordó el golpe de Estado de 1992 y la conclusión de Chávez: cuando la superioridad militar y las condiciones objetivas no están a favor, retroceder momentáneamente puede ser la vía para evitar una derrota que aniquile la capacidad de lucha futura. Ese “dar un paso atrás” , el “por ahora”, no anuló el proyecto revolucionario, más bien lo preservó hasta que las condiciones cambiaran.

Entender la decisión de Delcy Rodríguez en esa clave permite justificar la priorización del cuidado del tejido social y de la institución del Estado sobre gestos heroicos que, en contextos adversos, podrían traducirse en pérdidas irreparables. Héctor Rodríguez lo expresó con crudeza: pedir al pueblo que “se inmole” ante un escenario desfavorable es una exigencia inaceptable. En términos políticos, esta es una admisión de responsabilidad: el liderazgo debe medir costos y velar por la sostenibilidad del movimiento y de la gobernabilidad. La apelación a la experiencia histórica chavista habilita una narrativa que rescata la capacidad de maniobra y de adaptación como atributos imprescindibles para una fuerza que aspira a la preservación y al eventual reagrupamiento.

La defensiva de Delcy Rodríguez, por tanto, no debe reducirse a una fórmula de sometimiento o capitulación. Más bien, se enmarca en una estrategia de retención de recursos simbólicos y materiales que permita al chavismo reorganizarse, reasignar prioridades y proteger a su base social. En la práctica, esta táctica implica dos ejes: primero, evitar un choque frontal que pudiera desencadenar una represión más intensa o desquite internacional, segundo, consolidar la legitimidad interna mediante gestos de prudencia que permitan al Gobierno presentarse como responsable ante la ciudadanía, evitando sacrificios inútiles y mostrando preocupación por la seguridad y el bienestar de la población.

Además, el recurso al “por ahora” chavista tiene un valor performativo interno: conecta a la dirigencia actual con la retórica fundacional del movimiento, legitimando decisiones controvertidas a partir de la memoria histórica compartida. Esa referencia funciona como ancla ideológica que evita fracturas mayores dentro del aparato político. En un momento en que sectores del oficialismo reclaman mayor confrontación, la invocación de Chávez y su capacidad de cálculo envía un mensaje disciplinador: la táctica evoluciona, pero la estrategia de fondo, la supervivencia del proyecto bolivariano, permanece intacta.

En el plano internacional, la lectura de Rodríguez sugiere reconocer la asimetría de poder con Estados Unidos y aliados. No es sólo un gesto retórico: la confrontación abierta con una potencia hegemónica implica costos económicos, diplomáticos y militares. Al optar por maniobras tácticas, el Gobierno busca minimizar sanciones adicionales, preservar canales diplomáticos y mantener una base mínima de cooperación que permita, a mediano plazo, recomponer la relación de fuerzas. Esta actitud pragmática, insistimos, es afección de estados en situación de desventaja estratégica que prefieren la supervivencia funcional antes que la gloria simbólica del enfrentamiento total.

Criticar esta postura como cobarde o traidora equivale a simplificar el arte de lo posible en política. Las decisiones públicas razonadas contemplan el cálculo de riesgos y beneficios: cuando la correlación de fuerzas es desfavorable, exigir sacrificios maximalistas al pueblo equivale a desconocer la responsabilidad que tiene el mando de proteger no sólo la continuidad de un gobierno, sino la vida y el tejido social de la nación. El reclamo moral de algunos sectores por confrontar hasta el final no reconoce que las derrotas totales suelen aniquilar no sólo dirigentes sino también las instituciones y los derechos que un movimiento aspira a consolidar.

Por otra parte, la táctica del “por ahora” no es sinónimo de inmovilidad. Puede convivir con acciones políticas ofensivas de baja intensidad: reorganización interna, fortalecimiento de redes sociales y comunales, campañas simbólicas de legitimación y búsqueda de alianzas tácticas en el exterior. El objetivo es que cuando la correlación de fuerzas mejore, el chavismo se presente no como un resto mermado, sino como una fuerza capaz de retomar la iniciativa con mayor solidez.

En el debate público, la actitud de Delcy Rodríguez y su defensa por parte de Héctor Rodríguez plantean, finalmente, una disyuntiva para la oposición y la sociedad: reconocer la dinámica real de poder y buscar un piso de negociación política, o persistir en una lógica de aniquilación que podría prolongar la crisis y aumentar los costos sociales. La decisión gubernamental, entonces, insiste en que la responsabilidad política también pasa por preservar capacidades para la acción futura. En contextos de alta presión internacional y polarización interna, esa lógica defensiva se presenta no sólo como una opción prudente, sino como una condición para la continuidad y eventual reconstrucción de la agenda chavista.

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Pedro Luis Martín Olivares

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