Venezuela: El Estado 51 que nunca será. Anatomía de un delirio geopolítico

Pedro Luis Martín Olivares – Hay declaraciones que no merecen ser tomadas en serio, pero sí necesitan ser desmontadas. La afirmación de Donald Trump apoyada por María Corina sobre convertir a Venezuela en el “estado 51” de los Estados Unidos pertenece a esa categoría: demasiado absurda para ser política real, demasiado peligrosa en su retórica para ignorarla.

Es, en términos precisos, un distractor para incautos con consecuencias reales si se le concede más peso del que merece. Démosle entonces, por segunda vez en este espacio, el único tratamiento que merece: el análisis frío, documentado y definitivo.

I. El Muro Constitucional Venezolano: Una Fortaleza Jurídica

Antes de hablar de voluntades políticas o correlaciones de fuerza, hay que hablar de derecho. La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999, en su artículo 1, establece sin ambigüedad que Venezuela es “irrevocablemente libre e independiente” y fundamenta su patrimonio moral en “la doctrina de Simón Bolívar, el Libertador.” El artículo 13 es aún más contundente al declarar que el territorio nacional “no podrá ser cedido, traspasado, arrendado, ni en ninguna forma enajenado” a potencias extranjeras.

Pero más allá de los artículos específicos, la arquitectura completa de esa constitución hace imposible cualquier proceso de anexión. El artículo 347 establece que solo el pueblo venezolano puede convocar una Asamblea Nacional Constituyente para transformar el Estado. El artículo 349 prohíbe expresamente que ningún poder constituido pueda obstaculizar ese proceso. En otras palabras, ni el gobierno de Delcy, ni una junta militar, ni ningún actor externo puede jurídicamente disponer del territorio venezolano. Hacerlo no sería una reforma constitucional: sería la destrucción del orden jurídico, un acto que en el derecho internacional se clasifica como crimen de agresión.

Para que Venezuela se convirtiera en un estado norteamericano, habría que demoler primero cada artículo de su constitución, luego ignorar el derecho internacional, luego vencer la resistencia de un pueblo, y finalmente lograr que el Congreso de Estados Unidos aprobara la anexión con dos tercios de votos en ambas cámaras. Eso no es un escenario político. Es ciencia ficción con pretensiones geopolíticas.

II. Bolívar No Es Solo un Nombre: Es una Identidad de Combate

El nombre completo del país no es accidental. “República Bolivariana de Venezuela” es una declaración de principios grabada en piedra constitucional. Y Simón Bolívar no es para los venezolanos lo que George Washington puede ser para los norteamericanos: un prócer respetado en los billetes y los monumentos. Bolívar es identidad viva, es código genético cultural, es el argumento más profundo de por qué Venezuela existe como nación soberana.

Hay que recordar la magnitud de lo que ese hombre hizo, porque la amnesia histórica suele ser cómplice de los déspotas modernos. Bolívar no solo expulsó al ejército español de Venezuela en una campaña militar que desafió todas las probabilidades. Cruzó los Andes en condiciones que sus propios aliados consideraban imposibles y liberó a la Nueva Granada, hoy Colombia. Continuó hacia el sur y selló la independencia de Ecuador. Bajó por el Pacífico hasta el Perú, el corazón del poder colonial español en América del Sur, y lo liberó también. Y en el territorio del Alto Perú, que lleva su nombre como Bolivia, puso el punto final a tres siglos de dominación colonial en el continente.

Un hombre que liberó cinco naciones no es un símbolo decorativo. Es el fundamento sobre el cual Venezuela entiende su razón de ser en el mundo. Decirle a ese país que se convierta en un apéndice territorial de la potencia del norte es el equivalente de escupir sobre esa herencia. No produce sumisión. Produce memoria.

III. El Guerrero Dormido: Lo Que la Historia Enseña

Venezuela tiene una particularidad que sus enemigos históricos han aprendido siempre demasiado tarde: es un país que parece desordenado en la paz y se vuelve formidable en la adversidad. Las guerras de independencia venezolanas fueron las más largas, las más cruentas y las más costosas en vidas del continente americano. España envió a sus mejores generales, sus tropas más experimentadas, sus recursos más cuantiosos. Y perdió. Una y otra vez.

La guerra de independencia venezolana duró quince años, de 1810 a 1823, y dejó al país con un tercio de su población muerta. Quince años de resistencia sostenida contra el mayor imperio militar de la época. Ese no es el perfil histórico de un pueblo que se deja anexar.

En el siglo XX, Venezuela resistió dictaduras, intentos de golpe, crisis económicas devastadoras y el colapso de un modelo rentista que hubiera destruido naciones más frágiles. Hoy, con una diáspora de más de siete millones de personas distribuidas por el mundo, con una crisis humanitaria real y profunda, el país sigue existiendo como identidad colectiva irrompible. Los venezolanos en el exterior no perdieron su venezolanidad. La exportaron.

Invocar una amenaza de anexión sobre ese sustrato histórico no produce resignación. Activa algo más antiguo y más peligroso: el instinto de un pueblo que sabe, en su memoria colectiva más profunda, que ya venció a imperios antes. Venezuela es un guerrero dormido. La regla básica de la geopolítica, antes incluso de la prudencia diplomática, es esta: no despiertes lo que no puedes vencer.

IV. El Tsunami Doméstico: Por Qué Estados Unidos Tampoco Puede

Si el análisis venezolano hace inviable la propuesta desde el sur, el análisis político norteamericano la destruye desde el norte. Como se examinó en el análisis filosófico previo en este espacio, la retórica del “estado 51” no es inocente en el contexto interno de Estados Unidos, y sus consecuencias domésticas serían catastróficas para quien intente materializarla.

La Constitución de Estados Unidos es explícita en sus artículos IV y el proceso de admisión de nuevos estados: requiere el consentimiento del territorio en cuestión y la aprobación del Congreso. No hay un solo mecanismo constitucional que permita la incorporación forzada de un territorio extranjero soberano. Lo que Trump describe no es una política pública. Es una violación de la constitución que jura defender.

En términos políticos domésticos, la aventura sería un tsunami. La comunidad latina en Estados Unidos, que representa ya más de 19% de la población y crece como bloque electoral decisivo en estados clave como Florida, Arizona, Nevada y Texas, no vería con indiferencia una política de agresión territorial contra un país latinoamericano. La memoria del intervencionismo norteamericano en América Latina es larga y específica, y moviliza más que cualquier campaña de registro de votantes.

El costo diplomático sería igualmente devastador. América Latina completa, incluyendo aliados estratégicos como Colombia, Brasil y México, respondería con un cierre de filas continental que aislaría a Washington de su propio patio trasero. Los acuerdos comerciales, los pactos de seguridad, la cooperación en migración, todo entraría en zona de turbulencia simultánea. No por solidaridad ideológica con el chavismo sino por el principio elemental de soberanía territorial que, si cae para Venezuela, no tiene por qué detenerse ahí.

V. La Función Real del Discurso: Distractor de Alta Potencia

Entonces, si es jurídicamente imposible, históricamente suicida, constitucionalmente inviable en ambos países y políticamente autodestructivo, ¿por qué se dice? Aquí está la clave que no debe perderse: porque funciona como distractor.

El discurso del “estado 51” no está diseñado para ser ejecutado. Está diseñado para ocupar espacio mental, para generar titulares, para polarizar audiencias, para que los críticos desperdicien energía refutando lo irrefutable mientras las agendas reales avanzan sin escrutinio. Es una técnica de prestidigitación política: mientras todos miran la mano que habla de Venezuela, la otra mano está firmando otra cosa.

Camus lo hubiera llamado por su nombre: una impostura que se disfraza de provocación. El absurdo no como condición existencial involuntaria, sino como herramienta deliberada de confusión. Y la respuesta camusiana sigue siendo la misma: nombrar el absurdo con precisión, no amplificarlo con indignación desproporcionada, y dirigir la atención hacia lo que realmente está en juego.

Conclusión: Archivo y Seguir

Venezuela no será el estado 51. No por las razones que sus gobernantes actuales invocarían, no como victoria del chavismo ni como triunfo de ninguna ideología y María Corina no puede firmar la entrega porque ella no representa a Venezuela. Sino por razones más antiguas y más sólidas: porque una constitución lo prohíbe expresamente, porque un Libertador que liberó cinco naciones no puede ser póstumo argumento para una capitulación, porque un pueblo que resistió quince años de guerra contra el mayor imperio de su época no está en el menú de nadie, y porque en el propio Estados Unidos el intento sería un suicidio político y constitucional.

Lo que corresponde es archivar esta declaración en la categoría correcta: ruido político sin sustancia ejecutable, diseñado para distraer a quienes tienen tiempo que perder.

El guerrero sigue dormido. Que siga así. Y que quien está tentado de despertarlo lea primero un poco de historia.

 

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Pedro Luis Martín Olivares

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