Trump confunde una excepción con una doctrina

Pedro Luis Martín Olivares – El presidente Trump ha encontrado en Venezuela lo que todo líder busca en política exterior: una victoria rápida, barata y cinematográfica. La extracción de Nicolás Maduro y la “situación” con Delcy Rodríguez como presidenta interina alimentaron la narrativa de que la presión naval combinada con acciones militares directas es una fórmula exportable.

Ahora esa lógica se proyecta sobre Irán y Cuba. El problema es que las excepciones no son doctrinas, y confundirlas tiene consecuencias que se pagan en los surtidores de gasolina y en las urnas.

Max Boot, historiador militar, señala que Irán, en cambio, controla el estrecho de Ormuz, por donde fluye normalmente el 20% del petróleo mundial. Dispara contra embarcaciones. Tiene una Guardia Revolucionaria que actúa con autonomía táctica. Y según firmas de inteligencia marítima como Lloyd’s List Intelligence y Windward, sigue moviendo crudo mediante flotas fantasma, falsificación de datos de rastreo y rutas por aguas territoriales pakistaníes. El almirante Brad Cooper puede declarar que «ningún barco ha eludido a las fuerzas estadounidenses», pero los mercados no le creen: los precios de la gasolina se han disparado, y eso es un problema político con fecha de vencimiento electoral.

Aquí es donde la narrativa de política exterior se complica con la aritmética interna del Congreso y la coalición republicana. Trump gobierna sobre una mayoría republicana que es, en realidad, una coalición de tensiones mal cosidas. El ala libertaria y aislacionista, heredera del «America First» más puro, tolera las operaciones de corto plazo y alta visibilidad, pero se incomoda profundamente ante compromisos militares abiertos y prolongados en el Golfo Pérsico. Figuras como Rand Paul han advertido repetidamente contra aventuras militares en Oriente Medio que terminan costando billones de dólares y generaciones de soldados.

El ala neoconservadora y halcón, por su parte, celebra la presión sobre Irán, pero exige mayor contundencia: no basta con bloquear petroleros, argumentan, si no se golpean las instalaciones nucleares. Ese debate contenido versus confrontación, no está resuelto dentro del propio Partido Republicano, y cada escalada en el estrecho de Ormuz lo reabre.

Los demócratas, entretanto, se encuentran en una posición incómoda. Criticar la presión sobre Irán los expone políticamente en un ciclo electoral donde la seguridad nacional importa. Pero el alza de los precios de la gasolina derivada del estancamiento en el estrecho les ofrece un argumento económico poderoso que no requiere defender al régimen iraní: basta con señalar la incompetencia de la estrategia. Es una distinción política delgada pero rentable.

El profesor Salvatore Mercogliano lo formula de manera directa: los bloqueos «son solo una herramienta» y «tienden a ser impactos de muy largo plazo». El bloqueo británico a Alemania en la Primera Guerra Mundial funcionó, pero tomó años en rendir sus frutos económicos y militares. La «cuarentena» de Kennedy a Cuba, Washington nunca la llamó bloqueo, por razones jurídicas, dura más de seis décadas y aún no ha producido el cambio de régimen que justificó su imposición.

Trump, como señala Boot, «busca resultados rápidos y de corto plazo». Esa es una descripción de carácter, pero también de calendario: noviembre de 2026 se acerca, y la gasolina cara es una derrota que se siente en cada tanque lleno. La paradoja es brutal: la herramienta diseñada para presionar a Irán está presionando al votante estadounidense con igual eficacia.

La frase de Boot merece expandirse porque condensa una lección estructural. Las transiciones de régimen exitosas mediante presión exterior casi siempre requieren un cómplice interior: alguien dentro del sistema que calcula que la cooperación le cuesta menos que la resistencia. Trump espera que Rodríguez sea esa figura en Venezuela, pero mientras dura esa espera Rodríguez fortalece al chavismo en una reagrupación estratégica para enfrentar posibles escenarios. En Cuba, el aparato del Partido Comunista lleva décadas sobreviviendo precisamente porque ha eliminado o marginalizado a cualquier figura con autonomía política suficiente para hacer ese cálculo de manera independiente. En Irán, la Guardia Revolucionaria es tanto guardiana del régimen como actor económico con intereses propios en el contrabando que el bloqueo pretende combatir, es, simultáneamente, el objetivo y el obstáculo.

Lo verdaderamente peligroso no es que Trump haya intentado replicar Venezuela. Es que la arquitectura política interna de Estados Unidos dificulta la corrección a mitad de camino. Una vez que una administración eleva la retórica a «disparar y matar» contra embarcaciones iraníes, el espacio para la negociación diplomática se estrecha en ambas direcciones: en Teherán, ceder ante esa presión parece capitulación, en Washington, negociar parece debilidad.

El resultado es un bloqueo que no bloquea lo suficiente para rendir, que cuesta más de lo calculado en precio doméstico de la energía, que divide silenciosamente a la coalición republicana entre halcones, libertarios y populistas económicos, y que no tiene en el horizonte una solución a la venezolana. Venezuela fue real. Pero fue también irrepetible. Y gobernar como si las excepciones fueran reglas es, históricamente, la forma más cara de aprender que no lo son.

Sin embargo, esta analogía de Venezuela como «excepción irrepetible» omite un factor estructural que la hace aún más engañosa. El control militar, policial y político efectivo del país lo ejerce el chavismo como aparato de poder orgánico, con Delcy Rodríguez a la cabeza. Lo que la Casa Blanca denomina su «control» sobre el Palacio de Miraflores, a través de sanciones, reconocimiento de una presidencia interina sin territorio ni ejército o presiones diplomáticas, se parece más al control ilusorio de un ladrón de banco que apunta con su arma al cajero. Durante los minutos que dura el asalto, puede exigir que le entreguen el dinero, pero jamás se queda con el banco. No puede gestionar sus sucursales, nombrar a sus directivos ni cobrar sus dividendos. En Venezuela, el chavismo sigue operando la maquinaria del Estado: nombra jueces, mueve tropas, asigna divisas y la propia Delcy Rodríguez es una pieza de una reagrupación táctica. La administración Trump creyó que señalar a un nuevo cajero bastaba para tomar la entidad. Lo que inexorablemente es una realidad derivado de las fuerzas históricas, a costa de la credibilidad de su doctrina de «máxima presión», es que ningún asaltante de banco, por mucho que apunte, se ha quedado jamás con el banco. La excepción venezolana no es una prueba de eficacia, sino un espejismo más: el de confundir la amenaza con la propiedad, y el ruido de la política con el poder real.

Sabías que puedes leer este artículo  y otros en Telegram

Telegram Messenger 1 - Black Friday: ofertas para la comunidad de Bitcoin y criptomonedas

Pedro Luis Martín Olivares

Sé el primero en comentar en «Trump confunde una excepción con una doctrina»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


*