Lecciones de la decisión Iraní de Trump para el caso Venezolano

Pedro Luis Martín Olivares – La reciente revelación del New York Times sobre cómo el presidente Trump tomó la decisión de llevar a Estados Unidos a una guerra a gran escala contra Irán en febrero de 2026 es, ante todo, un estudio de caso sobre el peligro de las analogías fáciles y los supuestos no cuestionados.

El artículo describe con lujo de detalle cómo una presentación optimista del primer ministro Netanyahu, llena de promesas de un cambio de régimen rápido y una rebelión popular espontánea, encontró terreno fértil en la mente de un presidente que ya veía a Irán como una amenaza existencial y que venía fortalecido por una operación exitosa: la extracción de Nicolás Maduro en Venezuela el 3 de enero de ese mismo año.

Este análisis es un ejercicio comparativo entre ambos escenarios, el de la decisión de atacar Irán y el de la intervención en Venezuela, no para equiparar sus contextos, sino para diseccionar los vicios de pensamiento estratégico que subyacen a ambos. Lo haremos a través de tres momentos clave: antes, durante y después de la «decisión crítica» (el 3 de enero para Venezuela; la cumbre del 26 de febrero para Irán), y proyectaremos dos futuros posibles: el optimista (el que imaginó Trump) y el realista (el que advirtieron sus propios analistas).

Parte I: Antes del 3 de enero (Venezuela) / Antes del 26 de febrero (Irán). El peligro del éxito fácil

En Venezuela, antes del 3 de enero: El artículo menciona, casi de pasada, el «la espectacular operación comando para capturar a Nicolás Maduro de su complejo el 3 de enero». Ese éxito militar, ninguna vida estadounidense perdida, un líder «caído» en cuestión de horas, es el catalizador de la arrogancia estratégica que luego se traslada a Irán. El supuesto asumido por Trump y su equipo en el caso venezolano fue que la caída del líder equivalía a la caída del régimen. Se subestimó la capacidad de resistencia de las estructuras chavistas dispersas, de la FANB (Fuerza Armada Nacional Bolivariana) en sus niveles medios y, sobre todo, de las redes de poder territorial. El «antes» venezolano se basó en un supuesto de decapitación inmediata del Estado.

En Irán, antes del 26 de febrero: Los supuestos son aún más ambiciosos. Netanyahu vende una guerra de cuatro partes: decapitación del ayatolá, destrucción del programa de misiles, insurrección popular y cambio de régimen con un líder laico. El supuesto central que Trump acepta acríticamente es que los tres primeros pasos llevarán automáticamente al cuarto. La inteligencia israelí asegura que las protestas callejeras estallarán «con el ímpetu» del Mossad. El «antes» iraní se basa en un supuesto de reacción en cadena: un bombardeo intenso + apoyo a disidentes = colapso del régimen.

Analogía y diferencia: En ambos casos, la Casa Blanca confunde la capacidad militar de golpear con la capacidad política de transformar. La diferencia es que en Venezuela había un precedente de intervención encubierta fallida (2019-2024) y una oposición real pero fragmentada. En Irán, como veremos, la inteligencia estadounidense califica el plan de Netanyahu de «farsesco». Sin embargo, Trump ya está contaminado por la victoria venezolana.

Parte II: El 3 de enero (Venezuela) / El 26 de febrero (Irán). La decisión y sus fisuras

El 3 de enero (Venezuela): La operación es un éxito táctico. Maduro es capturado. La Sala de Situación, similar a la descrita para Irán, probablemente celebró lo que parecía una victoria decisiva. Pero las advertencias de analistas sobre una guerra de guerrillas urbana, el control de las bandas criminales, el Tren de Aragua y los Colectivos, y la lealtad de ciertos generales son minimizadas. El supuesto durante la decisión venezolana fue: «El líder ha caído, el resto se desmoronará».

El 26 de febrero (Irán): La reunión final descrita por el Times es una obra maestra de la disfunción deliberativa. El vicepresidente Vance se opone, pero cede diciendo «si quiere hacerlo, lo apoyaré». El Jefe del Estado Mayor Conjunto, general Caine, no dice «esto es una locura», sino que enumera riesgos y capacidades de forma neutral. El director de la CIA, Ratcliffe, llama «farsesco» el plan de cambio de régimen de Netanyahu, pero añade: «si solo nos referimos a matar al líder, probablemente podamos hacerlo». Rubio condiciona: si el objetivo es cambio de régimen, no lo hagamos; si es destruir misiles, hagámoslo. Trump, al final, dice: «Creo que debemos hacerlo». Y elige la interpretación maximalista: cree que logrará las partes 1 y 2 (decapitación y destrucción militar) y que eso desencadenará mágicamente las partes 3 y 4 (insurrección y cambio de régimen).

El paralelo crítico: Tanto en Venezuela (3 de enero) como en Irán (26 de febrero), la decisión se toma en un ambiente de sobre confianza presidencial y debilitamiento de los contrapesos. Vance es el único disidente claro, pero es anulado. Caine no es Milley, no confronta. Rubio ambivalente termina siendo el vocero de la guerra. El supuesto fatal durante la decisión iraní es el mismo que en Venezuela: la creencia de que la fuerza militar aérea puede generar un cambio político interno sin ocupación, sin plan de posguerra y sin entender la resiliencia de un Estado teocrático con 47 años de sobrevivencia frente a sanciones y ataques.

Parte III: Lo que ha ocurrido hasta hoy en ambos escenarios

Escenario Venezuela (post-3 de enero hasta hoy, supongamos abril 2026): La extracción de Maduro no ha traído estabilidad. Estados Unidos enfrenta una insurgencia dispersa en el territorio venezolano, con facciones del chavismo operando desde los llanos y la frontera colombiana. Los precios del petróleo se dispararon por la incertidumbre en la producción. La reconstrucción democrática prometida se estanca porque la oposición en territorio nacional no apoya la intervención de Estados Unidos y la que existe en el exterior divaga. El «efecto dominó» no ocurrió, en su lugar, hay un pantano de baja intensidad. El supuesto después fallido es: la victoria militar inicial se confunde con la victoria política final.

Escenario Irán (post-26 de febrero hasta hoy, abril 2026): Según el artículo, la guerra comienza con ataques aéreos masivos. Se mata a los líderes iraníes (objetivo 1) y se destruye parte de su infraestructura de misiles (objetivo 2). Pero el supuesto 3 (insurrección popular) no se materializa. El Mossad no logra encender las protestas. Los kurdos iraníes no cruzan la frontera en masa. El régimen, descentralizado y con una Guardia Revolucionaria profundamente incrustada en la economía, sobrevive y lanza represalias: ataques con misiles contra bases estadounidenses en Irak y Siria, y lo peor: amenaza con cerrar el Estrecho de Hormuz. Los precios de la gasolina en Estados Unidos se disparan a niveles históricos, justo antes de las elecciones de medio término. El «fiasco» que Vance y Carlson predijeron comienza a materializarse.

Comparación actual: En ambos casos, Washington subestimó la capacidad de aguante de los regímenes objetivo. En Venezuela, la estructura de poder se atomizó en lugar de colapsar. En Irán, la ideología y el miedo a la restauración monárquica (recordemos el video de Reza Pahlavi que tanto gustó a Trump) unificaron a facciones previamente divididas. La lección no dicha es que matar al líder no mata al sistema cuando el sistema es policéntrico (Venezuela) o teocrático-militar (Irán).

Parte IV: Lo que puede ocurrir en ambos escenarios (proyecciones)

Escenario optimista (la visión de Trump): En Venezuela, la insurgencia es aplastada tras seis meses con ayuda de Colombia y Brasil. Se instala un gobierno de unidad que estabiliza la producción petrolera. En Irán, tras un mes de bombardeos y la muerte del ayatolá, una facción del clero negocia la rendición. El Estrecho de Hormuz se reabre. Trump celebra la «paz por la fuerza» y gana un Nobel. Este escenario requiere que ambos regímenes se fragmenten internamente de forma rápida y que las potencias regionales (Arabia Saudita, Turquía, Brasil) apoyen la transición. Pero la evidencia histórica (Irak, Libia, Afganistán) sugiere lo contrario.

Escenario realista (el que advirtieron los analistas):

Venezuela: Guerra de baja intensidad prolongada. Migración masiva hacia Colombia y Brasil. Crisis humanitaria. El costo de reconstrucción supera los 100 mil millones de dólares. Las elecciones de medio término en Estados Unidos se convierten en un referéndum sobre la intervención.

Irán: El régimen no colapsa, sino que se repliega y libra una guerra asimétrica a través de sus aliados (Hezbolá, milicias en Irak, Hutíes en Yemen). El Estrecho de Hormuz es minado o bloqueado. Los precios del petróleo se triplican. Recesión global. China y Rusia intervienen diplomáticamente para mantener a Irán a flote. Estados Unidos se enfrenta a la peor crisis energética desde 1973. El «fracaso» de Vance se vuelve profecía autocumplida.

Se puede concluir que el error fundamental que une la decisión sobre Venezuela (3 de enero) y la decisión sobre Irán (26 de febrero) no es geopolítico, sino epistemológico: es la creencia de que el éxito en un escenario (un comando que extrae a un dictador) se puede traducir linealmente a otro completamente diferente (derrocar una teocracia con bombardeos aéreos). Trump y Netanyahu cayeron en lo que los analistas militares llaman «victoria ilusoria»: la confusión entre destruir la cabeza de un sistema y matar el cuerpo del sistema.

El artículo del Times deja claro que los propios asesores de Trump sabían que el plan de cambio de régimen en Irán era «farsesco». Pero nadie (excepto Vance) tuvo el valor o la capacidad de detener al presidente. La lección para Venezuela es aún más cruel: la extracción de Maduro pudo haber sido un éxito táctico, pero sin una estrategia política de posguerra, se convierte en el primer capítulo de un nuevo fracaso. La analogía final no es entre Irán y Venezuela, sino entre ambas decisiones y la Guerra de Irak: un liderazgo confiado, inteligencia exagerada, disidentes acallados y un público al que se le promete una guerra rápida que termina siendo interminable.

En ambos frentes, el péndulo de la historia está a punto de devolver el golpe. Y cuando lo haga, la Sala de Situación ya no estará llena de halcones optimistas, sino de generales diciendo: «¿Y ahora qué?».

 

 

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Pedro Luis Martín Olivares

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