Pedro Luis Martín Olivares – En la vorágine de la historia, pocos personajes resultan tan incómodos para sus propios bandos como aquellos que, en medio de la tormenta, eligen navegar en lugar de hundirse con el barco.
Desde el 3 de enero de 2026, Venezuela vive una de sus horas más oscuras: la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, la imposición de un nuevo orden energético y la aparente sumisión de una dirigente que, hasta ayer, era considerada frontera de lealtad del chavismo. Esa dirigente es Delcy Rodríguez.
Hoy, con motivo de que Estados Unidos sacó de la lista OFAC a “la figura” de presidenta de la República Bolivariana de Venezuela, no a Delcy Rodríguez, se empezaron a escuchar run runes de “traición”. Se acusa a Rodríguez de haberse vendido a Washington, de ejecutar las instrucciones de la Casa Blanca al pie de la letra, de permitir que el petróleo y el mineral pasen a control norteamericano a cambio de un porcentaje de mercado. Sin embargo, este artículo sostiene la tesis contraria: Delcy Rodríguez no es una traidora, sino la estratega más lúcida que ha tenido el chavismo en su peor momento. Su juego, difícil de entender desde la pasión, es un maestro en la geometría del poder real.
Para argumentar, es necesario desmontar cuatro grandes falacias: la falacia de la lealtad romántica, la falacia de la soberanía absoluta, la falacia de la sumisión voluntaria y la falacia del fin del proyecto político.
I. La lealtad de sangre: El padre como ancla ideológica
El primer error de quienes juzgan a Delcy Rodríguez es ignorar su biografía profunda. No es una improvisada ni una oportunista de último minuto. Delcy y su hermano Jorge Rodríguez son hijos de un mártir de la izquierda: su padre, Jorge Antonio Rodríguez, fue un guerrillero del Partido Comunista de Venezuela y del Frente de Liberación Nacional, asesinado en 1976 bajo custodia del estado venezolano de entonces. Ese origen no es un adorno, es el núcleo de su identidad.
Crecer en una familia perseguida, con un padre caído en combate ideológico, forja una lealtad que no se negocia en una oficina de la OFAC. Si algo caracterizó a los Rodríguez, tanto bajo Chávez como bajo Maduro, fue una confianza absoluta. Ambos lideres los pusieron al frente de las misiones más complejas: desde la Asamblea Nacional hasta la vicepresidencia, pasando por las negociaciones secretas con la oposición y los emisarios extranjeros.
La lealtad de Delcy no es hacia un hombre (Maduro), sino hacia un proyecto histórico: la supervivencia del Estado venezolano como entidad republicana. Cuando Maduro es capturado y llevado a Estados Unidos, el proyecto queda acéfalo y secuestrado. La lealtad ciega al líder cautivo implicaría la inacción, la parálisis y, finalmente, la liquidación total de la revolución, como se explicó en este mismo espacio en un Articulo oportuno anterior. La lealtad inteligente, en cambio, busca preservar las estructuras de poder para que, cuando el líder regrese o cuando llegue una nueva elección, haya algo que gobernar.
El propio Chávez enseñó que “no es lo mismo caer, que rendirse”. Delcy no se ha rendido: ha caído en una trampa geopolítica, y desde dentro de esa trampa está tejiendo la salida. Acusarla de traición es ignorar que el padre de Delcy murió luchando contra el mismo imperio que hoy la señala como colaboracionista. ¿Acaso alguien cree que una mujer que creció odiando a Washington por asesinar a su padre cambiaría de bando por un descuento de deuda?
II. El 3 de enero: El día que la soberanía tuvo precio y no fue ella quien lo puso
Para entender el “giro” de Delcy, hay que reconstruir los hechos del 3 de enero de 2026. Según el escenario planteado, ese día no hubo una renuncia voluntaria de Maduro, sino una captura forzosa. El presidente legítimo es llevado a Washington. Desde ese momento, cualquier gobierno venezolano enfrenta una realidad brutal: Estados Unidos controla las rutas financieras, las refinerías, los compradores del petróleo y los mecanismos de pago.
¿Qué opciones tenía Delcy Rodríguez?
La resistencia simbólica: Declarar un gobierno en el exilio, romper relaciones y llamar a la insurrección armada. Esto habría sido un suicidio colectivo. La Fuerza Armada, sin combustible y con las cuentas bloqueadas, no habría durado una semana. El resultado: una invasión abierta, una partición del país o un protectorado de facto.
La huida: Abandonar el cargo y refugiarse en un tercer país. Esto habría dejado un vacío de poder que los opositores radicales y los halcones de Washington habrían llenado con un gobierno interino títere.
La estrategia del mal menor: Aceptar el control de Washington sobre el comercio petrolero y minero, con descuento de deudas, pero manteniendo la institucionalidad venezolana en funcionamiento, preservando a su equipo y, sobre todo, garantizando que el desgaste del gobierno recaiga sobre los ocupantes y no sobre el pueblo.
Delcy Rodríguez eligió la tercera. Y esa elección no es cobardía: es realismo de Estado. Ella entendió que el enemigo no buscaba matar a Venezuela, sino ordeñarla. Washington necesita petróleo estable y necesita cobrar las deudas pendientes. Si Delcy se niega a negociar, Washington impondrá un títere que sí negocie, y ese títere probablemente entregaría incluso la faja del Orinoco a cambio de un cargo. En cambio, al ser ella quien negocia, logra dos cosas: primera, evita que el control total pase a manos de lacayos y segunda, se convierte en interlocutora indispensable.
Ella no “recibe instrucciones” porque quiera; las recibe porque, en ese momento, la relación de fuerzas es de 1 a 100. Pero el arte político consiste en hacer que la necesidad parezca virtud y, sobre todo, en jugar al largo plazo.
III. La doble lectura: Cumplir instrucciones para desmontar al invasor
La crítica más dura desde el chavismo es que Delcy cumple “al pie de la letra” las instrucciones de Washington. Se le acusa de reanudar relaciones diplomáticas y de permitir que Estados Unidos controle el gasto de la cuota venezolana. Sin embargo, lo que muchos no ven es que el cumplimiento excesivo es, en sí mismo, una forma de sabotaje institucional.
Analicemos los hechos:
Control del gasto: Washington descuida deudas y administra la porción venezolana. ¿Qué ocurre cuando una administración extranjera controla el gasto de un país? Inevitablemente, comete errores. Genera malestar social, protestas, ineficiencias. Cada vez que una clínica no recibe insumos o un salario se retrasa, la culpa ya no es de Delcy: es del agente estadounidense que firmó el cheque. Delcy Rodríguez está externalizando el desgaste del gobierno hacia el imperio. Mientras tanto, ella se presenta como la única funcionaria que aún puede resolver problemas menores, que puede hablar con los militares, que mantiene la cohesión interna.
Comercio petrolero y minero: Al aceptar el control de Washington, Delcy logra que la producción se reactive. Porque, durante el bloqueo, la producción estaba en mínimos históricos. Ahora, aunque el precio lo fije el mercado y se descuenten deudas, Venezuela vuelve a tener flujo de caja. Y un país con flujo de caja, por pequeño que sea, puede empezar a comprar alimentos, medicinas y, sobre todo, lealtades internas. Delcy sabe que el control de Washington no es eterno, las crisis financieras en Estados Unidos, un cambio de gobierno o una guerra en otra región pueden alterar el tablero. Y cuando eso ocurra, ella tendrá un país menos devastado que si hubiera dicho “no” en enero.
Relaciones diplomáticas: Reanudar relaciones no es traición, es crear canales. La diplomacia no es para los amigos, sino para los no amigos. Al sentarse en la mesa, Delcy obtiene información, obtiene tiempo y obtiene la posibilidad de filtrar narrativas. Es mucho más fácil defenderse de una contraparte con la que se dialoga que contra una con la que no se habla.
Donald Trump la ha calificado como “excelente”. ¿Y eso es malo? ¿Acaso preferirían que Trump la llamara “enemiga pública número uno”? Que el presidente de Estados Unidos confíe en tu simulación es el mayor triunfo de un político que está fingiendo debilidad. Trump cree que tiene a una dócil funcionaria cumpliendo órdenes, en realidad, tiene a una hija de un guerrillero comunista que está esperando que la economía estadounidense entre en recesión para dar el golpe de timón.
IV. El anclaje de Jorge Rodríguez y la confianza traicionada en apariencia
No se puede entender a Delcy sin su hermano, Jorge Rodríguez. Ambos son profesionales, buenos políticos y comparten ese anclaje ideológico familiar. Jorge, como jefe de campaña y estratega de Chávez y Maduro, fue durante años el cerebro detrás de las victorias electorales. Si hay alguien que entiende el valor de la paciencia táctica, es él.
La lectura simplista dice: “Jorge y Delcy traicionaron a Maduro porque ahora trabajan para Washington”. La lectura estratégica es otra: Jorge y Delcy están ejecutando la única maniobra posible para que, en la próxima elección presidencial, que el propio escenario plantea como el desenlace necesario, el chavismo no sea borrado del mapa.
¿Qué hubiera pasado si ambos se negaban? Washington habría designado a un comisionado especial, probablemente un opositor de la primera hora, que habría desmantelado el TSJ, encarcelado a los militares chavistas y convocado a una elección sin garantías. Ese escenario es la muerte política definitiva.
En cambio, con Delcy en el poder ejecutivo, asumiendo “por la fuerza”, pero con la legitimidad que da la necesidad, el chavismo mantiene sus cuotas de poder. Los gobernadores, los alcaldes, los comandantes de región siguen respondiendo a ella porque saben que es la única que puede protegerlos de una purga. La lealtad de Delcy hacia Maduro no se mide en declaraciones de repudio a Washington, sino en su capacidad para mantener vivo el aparato chavista hasta que Maduro pueda ser canjeado o hasta que las urnas hablen.
El sentimiento de traición que hoy se siente es comprensible, pero es visceral, no racional. Es la reacción de quien ve a su líder encadenado y a su dirigente favorita estrechando la mano del verdugo. Pero la política de altura no se rige por las vísceras, sino por la historia.
Conclusión: El jaque a la espera
El proceso que se ha abierto debe terminar en una elección presidencial. Ese es el horizonte que Delcy Rodríguez ha aceptado porque sabe que, en una contienda limpia o semi limpia, el chavismo aún tiene arraigo popular, sobre todo si la administración de la economía por parte de Washington ha generado descontento.
La estrategia de Delcy es la del “jaque a la espera”: no se trata de ganar la partida en un solo movimiento, sino de no perderla mientras el rival se desgasta. Washington cree que controla el tablero porque controla el flujo de dinero. Pero no controla el corazón de los barrios, no controla la lealtad de los cuerpos de seguridad, que le deben todo a Delcy y, sobre todo, no controla el relato interno que Delcy teje cada día: “Yo sufro con ustedes, yo negocio para que coman, pero el verdadero responsable es el imperio”.
Cuando las deudas estén pagadas o cuando la deuda se convierta en un arma política, cuando el mercado petrolero fluctúe a favor de Venezuela, o cuando una crisis interna en Estados Unidos desvíe la atención, Delcy Rodríguez tendrá su momento. Entonces, no dudará en mostrar las garras que su padre le heredó.
Por eso, defender a Delcy Rodríguez no es defender una sumisión, es defender la inteligencia de quien sabe que, para ganar una guerra larga, a veces hay que saber perder batallas tácticas. El chavismo no ha sido traicionado: ha sido salvado, a costa de la propia reputación de sus hijos más leales. La historia, que siempre es más lenta que la indignación, acabará poniendo a cada uno en su lugar. Y ese día, Delcy y Jorge Rodríguez serán reconocidos como los estrategas que, desde el borde del abismo, evitaron el colapso definitivo de la revolución bolivariana.
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