Políticas de gobierno y políticas de estado en la era Trump

Pedro Luis Martín Olivares – Los esfuerzos del presidente Donald Trump por recuperar empleos en el sector manufacturero han tenido poco progreso hasta la fecha, la tasa de desempleo subió a 4.2% en julio, mientras las empresas se preparan para los efectos de los aranceles, la principal economía mundial sumó 73.000 nuevos puestos de trabajo en julio, según el Departamento del Trabajo, menos de lo esperado por los analistas, y están poniendo en peligro la competitividad estadounidense.

Si su administración continúa por el rumbo actual, es probable que Estados Unidos se enfrente a un declive económico sin precedentes.

El balance de los primeros seis meses de la segunda presidencia de Donald Trump se ha caracterizado por una oleada de órdenes ejecutivas y una actividad legislativa sin precedentes en la historia de Estados Unidos, con la posible excepción de los primeros 100 días de Franklin D. Roosevelt en el cargo.

La diferencia clave radica en que el New Deal de Roosevelt fue un esfuerzo radical, y en última instancia exitoso, para sacar a Estados Unidos de la Gran Depresión. En cambio, el impulso político de Trump carece de un catalizador tan claro e inmediato, ya que la economía estadounidense presentaba en líneas generales un buen desempeño antes de su llegada al cargo.

En lugar de responder a una crisis, las políticas de Trump buscan reorientar la economía estadounidense revitalizando su otrora dominante sector manufacturero. Su éxito es incierto, dado que sus decisiones no obedecen a una política de Estado sino a emocionales políticas de gobierno. El uso del comercio internacional como arma es una prioridad en la agenda económica de Trump. Desde abril, ha impuesto amplios aranceles «recíprocos» a casi todos los países del mundo, ajustándolos repetidamente: levantando algunos, reduciendo otros y restableciendo o aumentando muchos. Como resultado, el arancel efectivo promedio de EE. UU. se ha disparado del 2 % en 2024 a más del 16 %, su nivel más alto desde la década de 1930.

Si bien muchos analistas han advertido que un aumento drástico de los aranceles podría impulsar la inflación interna, el verdadero riesgo reside en otro aspecto. Al aumentar el costo de los insumos importados de países como México, Canadá e India, los aranceles de Trump elevan los costos de producción de EE. UU. y socavan la capacidad del país para competir a nivel mundial. Trump abriga esperanzas en que se produzca una reacción industrial y comercial adaptativa que sustituya lo importado por producción de nuevas fuentes locales.

La reducción de la competitividad probablemente provocará una disminución de las exportaciones estadounidenses, lo que reducirá los ingresos de la clase trabajadora. La “Gran y Hermosa Ley de Trump”, que combina recortes de impuestos para los ricos con recortes a los programas de salud y asistencia alimentaria, agravará el daño al perjudicar desproporcionadamente a los estadounidenses de ingresos bajos y medios, a la vez que añadirá billones de dólares al déficit federal. Esta combinación es una jugada peligrosa en política, claro para jugadores con expectativas de juego en una larga línea de tiempo, el caso Trump es diferente, se trata de una persona que termina su mandato a los 82 años, quien alberga una combinación creencias derivadas de ser un empresario de segunda generación, aprendiz de “político con criterio político”, elegido por Dios al sobrevivir milimétricamente a un magnicidio, ganador en todos los estados swing, poseedor del control de las dos cámaras del congreso y ser presidente de la primera potencia económica y militar del planeta. Trump juega a la historia y se basa en su “suerte” para gobernar y a la vez cumplir con un largo “check list” de cuentas por cobrar.

A menos que estas políticas se reviertan pronto, un escenario improbable por el perfil deTrump, su impacto en la economía estadounidense podría ser devastador. Si bien el efecto inmediato en los precios puede ser limitado, los aranceles elevados en última instancia ralentizarán el crecimiento del PIB y erosionarán los salarios, especialmente para la clase trabajadora estadounidense. Es probable que esta disminución sea una tendencia secular, lo que podría conducir a un fuerte deterioro del rendimiento económico.

Los economistas tradicionales a menudo pasan por alto un hecho crucial: el rendimiento económico se ve influenciado por mucho más que las decisiones de política económica. Como ha argumentado Francis Fukuyama, depende de la solidez de las instituciones nacionales y del grado de confianza dentro y entre los países. También depende de lo que Joseph S. Nye, Jr. llamó «poder blando»: la capacidad de persuadir en lugar de coaccionar.

Desafortunadamente, Trump ha asestado un duro golpe a las instituciones estadounidenses. Por ejemplo, la administración Trump revocó abruptamente las visas de cientos de estudiantes internacionales de importantes universidades estadounidenses, lo que debilitó aún más la confianza en los compromisos a largo plazo de Estados Unidos y agravó el daño ya causado por los incesantes ataques de Trump a antiguos aliados de Estados Unidos y su desprecio por el Estado de derecho.

El mayor riesgo es la pérdida de confianza en el dólar, que, como principal moneda de reserva mundial, ha sido durante mucho tiempo la piedra angular del dominio económico estadounidense. Vale recordar el 5 de agosto de 2011, cuando Standard & Poor’s rebajó la calificación crediticia de Estados Unidos de AAA a AA+, creando una incertidumbre generalizada sobre el posible impacto en los mercados financieros globales.

Irónicamente, esta rebaja desencadenó un flujo de dinero hacia Estados Unidos, ya que los inversores, en busca de un refugio seguro, se apresuraron a comprar activos en dólares. La creencia predominante era que Estados Unidos era un país que nunca incumpliría su deuda externa.

Esa confianza, construida durante décadas, ha sido fundamental para el dominio del dólar. También ha permitido a Estados Unidos acumular una deuda externa de 28 billones de dólares, más que cualquier otro país. Si bien esto le otorga a Estados Unidos una importante ventaja estratégica, también implica una gran vulnerabilidad: si la confianza en el dólar se erosionara, la economía estadounidense se vería desplomada.

Los cambios impredecibles en la política estadounidense bajo el gobierno de Trump han generado creciente inquietud en los mercados financieros. Si las tendencias actuales persisten, las consecuencias podrían ser rápidas y graves, provocando una pérdida histórica de confianza en el dólar y una fuga de activos estadounidenses.

La única esperanza es que los estadounidenses se opongan firmemente a las políticas perjudiciales de Trump, obligándolo a cambiar de rumbo. A pesar de los desafíos a corto plazo, la economía estadounidense se mantiene lo suficientemente resiliente como para recuperarse y estabilizarse. Pero si Trump continúa durante los próximos tres años y medio como lo ha hecho durante sus primeros seis meses, Estados Unidos podría encontrarse enfrentando las mismas condiciones que Roosevelt tuvo que abordar, solo que esta vez el declive económico podría ser irreversible.

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Pedro Luis Martín Olivares

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