Pedro Luis Martín Olivares – En este espacio hemos estado analizando el proceso que la Casa Blanca ha estado desarrollando desde hace meses con un solo objetivo: derrocar a Nicolas Maduro.
Para ello ha avanzado en una escalada de acciones, anunciadas previa y milimétricamente en nuestros Artículos, y ya estamos entrando en una fase que hemos llamado “fuegos artificiales”. Se trata de ataques por aire a sitios definidos por una narrativa tipo películas de Netfilx, buscando en la escalada asustar a Padrino López o cualquier combinación de actores con poder de fuego, para que se volteen y depongan a Nicolas Maduro. Algo así como lo ocurrido en Afganistán, atacamos e invadimos el país, derrocamos a los Talibanes y les cambiamos sus costumbres por el Trap y el Reggaeton, pero resulta que hoy siguen gobernando los Talibanes, después de una huida dramática de los soldados norteamericanos. Vamos a analizar el impacto de una intervención en Venezuela.
En el Despacho Oval la pluma presidencial, sostenida por la mano que había tuiteado «todas las opciones están sobre la mesa», firmó al fin la orden ejecutiva. No una declaración de guerra, ya que el Congreso no había sido consultado, sino una «acción militar limitada y necesaria» para «prevenir la muerte por efecto de las drogas de cientos de miles de norteamericanos, detener la invasión por la frontera sur de los Estados Unidos y contener el terrorismo que emana de Miraflores y para ello es necesario destruir el Cartel de los Soles y el Tren de Aragua». En cuestión de horas, se inicia el ataque desde un sistema bélico convencional-nuclear, que representa el 20% del poder militar de los Estados Unidos
Donald Trump no solo lanza operaciones sobre el Caribe, sino que detona una serie de explosiones políticas, legales y sociales dentro de Estados Unidos que resuenan con más fuerza que cualquier bomba.
Primer Frente: La Rebelión del Capitolio
La noticia impacta en el Capitolio como un misil. Allí, en el corazón de la institucionalidad republicana, se librará la primera y más incómoda batalla. El Presidente de la Cámara, Mike Johnson, un aliado leal de Trump, de pronto estará atrapado en la peor pesadilla de un speaker: tener que elegir entre la lealtad al presidente de su partido y los pilares constitucionales que había jurado defender. Su rostro, transmitirá en todas las pantallas de televisión un mapa de tensiones no resueltas. Apoyar la acción significa avalar un poder ejecutivo sin límites y alienar a los halcones fiscalistas del partido, horrorizados ante la perspectiva de billones en gasto no autorizado. Opacarse, o peor, criticarla, sería una traición que podría costarle el cargo en una moción de destitución impulsada por la facción más trumpista.
Mientras Johnson forcejea en privado, los demócratas, liderados por el Minority Leader Hakeem Jeffries, no perderán un segundo. En un despliegue de disciplina férrea, convertirán el hemiciclo en un tribunal de emergencia. En cuestión de horas, presentarán una Resolución de Desaprobación y anunciarán audiencias para interrogar, bajo juramento, al recién nombrado Secretario de Guerra, Pete Hegseth, una elección controvertida por su perfil mediático y su retórica maximalista. La estrategia será clara: usar el poder de la tribuna para exponer cada fisura, cada costo oculto, cada advertencia ignorada de los mandos militares profesionales.
Pero el arma real es otra: el poder de la bolsa. El presidente del poderoso Comité de Apropiaciones, el republicano Tom Cole, recibirá presiones diametralmente opuestas. Por un lado, la Casa Blanca exige fondos de emergencia. Por otro, una coalición inusual, demócratas unánimes y republicanos del ala libertaria y no intervencionista, como Rand Paul y Matt Gaetz, este último en podría dar una voltereta ideológica sorprendente y amenazar con hundir cualquier partida presupuestaria que financie lo que ellos llamaban «una aventura inconstitucional». El gobierno federal se podría encaminar a una parálisis presupuestaria en la cámara rápida.
Segundo Frente: Las Calles y los Tribunales de los Estados Unidos
Fuera de Washington, el país estallará en una cacofonía de rabia y apoyo. En las calles, se dibuja una geografía instantánea de la división nacional. En Manhattan, una marea humana bloquea la Quinta Avenida, coreando «¡No War for Oil!» y «¡Otro pantano petrolero!». En Miami-Dade, las protestas serán duales: en Little Havana, banderas venezolanas y estadounidenses se mezclan en apoyo a la intervención, en otros barrios, comunidades latinoamericanas más amplias marcharán contra una acción que, temían, solo traería más caos y una nueva ola de migrantes.
La batalla legal será igual de vertiginosa. Antes de que el sol se ponga ese primer día, la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) presentará una demanda en el Tribunal de Distrito de D.C. Argumentando que el presidente ha violado la Cláusula de Declaración de Guerra de la Constitución, un argumento que no se esgrimía con tal fuerza desde la era de Vietnam. No buscan una victoria inmediata, saben que el camino hacia la Corte Suprema es largo, sino sentar un hecho político: el presidente está siendo llevado a los tribunales por su propio pueblo.
Tercer Frente: El Mundo que Aprovecha la División
Mientras Estados Unidos se mira el ombligo sangrante, el mundo reacciona con un cinismo estratégico perfecto.
En Moscú, Vladimir Putin convoca una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU. Con una sonrisa apenas disimulada, denuncia la «agresión flagrante» y el «retorno del imperialismo más crudo».
En Pekín, la respuesta es más fría, pero no menos devastadora. El Ministerio de Relaciones Exteriores chino emite un comunicado lamentando «la violación del derecho internacional y la soberanía de Venezuela». La intervención es el regalo propagandístico definitivo. Sus diplomáticos en América Latina, África y el Sudeste Asiático ofrecen un contraste nítido: «Nosotros construimos puentes y hacemos préstamos para infraestructura. Ellos lanzan bombas y cambian regímenes». El principio de no injerencia, pilar de su política exterior, queda fortalecido, y su inversión en el petróleo venezolano, aunque en riesgo, se convierte en una herramienta de negociación futura.
La Unión Europea, atrapada en su propio dilema moral, vacila. Condena formalmente la acción unilateral, pero la declaración conjunta es el producto de una lucha agónica entre el este, más alineado con Washington, y el oeste horrorizado. Berlín y París hablan de sancionar a… ¿a quién? ¿A su aliado transatlántico? La credibilidad de la OTAN, ya dañada, sufre otra grieta profunda. Bruselas acelera silenciosamente sus planes para una «autonomía estratégica», la idea de que Europa debe poder defenderse a sí misma, sin depender de un Estados Unidos impredecible.
Es decir, lo que comenzó como una orden ejecutiva en un despacho de Washington se transforma, en cuestión de días, en la tormenta perfecta. En el interior, un presidente que lucha en tres frentes: contra un Congreso de su propio partido fracturado y paralizado, contra una sociedad civil que se ha levantado en una furia que mezclaba el Vietnam de los 70 con la polarización digital del siglo XXI y contra unos tribunales que ahora examinan los límites del poder presidencial en tiempo de guerra.
En el exterior, los rivales geopolíticos de Estados Unidos observan, calculan y actúan. No necesitan derrotar a la Armada estadounidense, solo necesitan esperar a que la democracia estadounidense, consumida por sus propias contradicciones, lo hiciera por ellos. La intervención en Venezuela no demostró la fuerza de Estados Unidos, sino su profunda vulnerabilidad: una nación tan poderosa que puede derrocar un gobierno en el extranjero con un golpe, pero tan dividida que es incapaz de sostenerse a sí misma en el proceso.
Al final, el episodio no se recordará por su resultado en Venezuela, un país sumido en un ataque desproporcionado, sino como el momento en que el experimento estadounidense mostró sus costuras más desgastadas, y el mundo aprendió que la mayor amenaza para la hegemonía de Washington no estaba en Moscú, Pekín o Caracas, sino en las mismísimas calles y salones del poder de la capital federal. El desgarro ha comenzado. Y sanarlo, tomaría una generación.
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