Estrategia de seguridad, contexto y reflexiones

Pedro Luis Martín Olivares – Hace un mes el presidente Trump publicó un documento excepcional, su 2025 National Security Strategy , el cual fue ampliamente comentado en este espacio, destacando el fin de la hegemonía mundial de su país. Hoy revisaremos de nuevo el documento a la luz de recientemente acontecido.

Al principio la diatriba se presenta con la prepotencia acostumbrada: “Para que América siga siendo el país más fuerte, más rico, más poderoso y exitoso del mundo en las próximas décadas necesita una estrategia coherente y centrada para definir cómo interactuamos con el mundo”. Y entonces, de repente, llega la confesión: “Tras el fin de la Guerra Fría, las élites de la política exterior estadounidense se convencieron de que la dominación permanente del mundo entero era lo mejor para los intereses de nuestro país (…)”, dice el documento oficialísimo, pero que ya no debe ser así. Para dejarlo claro, un mito heleno: “Aquellos días en que Estados Unidos sostenía sobre sus espaldas, como Atlas, todo el orden mundial, ya terminaron”.

Su dominio global se acabó, nos dicen, sin más vueltas: de la prepotencia a la post potencia. Y que su país mantendrá su poder sobre el hemisferio occidental, básicamente el continente americano y que dedicará sus mayores esfuerzos a mejorar su propia situación económica y militar: que solo se ocupará del mundo en la medida en que lo necesite para ganar dinero o tranquilidad. “Contamos entre nuestros muchos aliados y socios a decenas de naciones ricas y sofisticadas que deben asumir la responsabilidad principal de sus regiones y contribuir mucho más a nuestra defensa colectiva”, dice el documento: que están hartos de pagar para ser los más jefes y que los otros se ocupen de sus partes.

Más adelante, para completar la retirada, anuncian que imitarán un rasgo fundamental de la política exterior china: mientras los americanos, hasta ahora, simulaban preocuparse por ciertos valores, alguna libertad, la democracia, los derechos humanos, de los países con los que se relacionaban, los chinos siempre subrayaron su prescindencia en estos asuntos ajenos. Durante años les sirvió para mostrar sus diferencias con los norteamericanos, que “exigían” a los países bajo su órbita que cumplieran ciertas reglas. Por supuesto, muchos de esos países no las cumplían y Estados Unidos mismo, mientras simulaba imponerlas, alentaba su quiebre con docenas de golpes de Estado en que colaboró y unas cuantas guerras en que participó directamente.

Pero ahora, en su nueva doctrina, Estados Unidos dice que todo ese rollo politiquero poco le importa. Y que de ahora en adelante más se va a concentrar en conservar el poder sobre “su hemisferio”. Su hemisferio es, básicamente, América Latina, y lo curioso es que desde hace unos 40 años lo había abandonado.

Hubo un momento muy preciso: tras el ciclo de golpes militares asesinos de los años 1970, que los Estados Unidos alentaron y respaldaron con la firmeza del patrón, la mayoría de los países de la región se montaron democracias que les permitían ganar dinero con menos represión, que da mucho trabajo. A fines de 1980, principios de 1990, se abrió un ciclo nuevo. La revolución neoliberal de Reagan-Thatcher produjo en la región una ola de privatizaciones de los servicios públicos: desde la electricidad hasta los trenes, desde los aviones y las carreteras hasta el agua y el petróleo. Lo más sorprendente de esa ronda de negocios, que cambió las estructuras socioeconómicas de varios países, fue que Estados Unidos no participó. Normalmente se habría lanzado sobre esas grandes corporaciones que se malvendían en su patio trasero, pero no lo hizo, dejó todo el espacio para que capitales europeos se partieran los dientes contra el muro sudaca.

La interrogante de por qué habían abandonado su terreno más propio la despeja una respuesta de megalomanía sostenido por un par de elementos técnicos y económicos: que, si creías que dominabas el mundo, todo el mundo, ya no era necesario mantener un “patio trasero” porque, por un lado, el desarrollo de las armas a distancia volvía innecesario operar bases locales en Ecuador o en Panamá y, por otro lado, el desarrollo de los grandes transportes marítimos reducía mucho la diferencia entre comprarle el crudo a los venezolanos o a los árabes, las bananas en Ecuador o en la Malasia.

Ahora Estados Unidos relee a Monroe y muchos lo interpretan como un gesto de poder, otros por el contrario afirman que se trata de una confesión gritona de impotencia. En 1823, cuando el presidente James Monroe enunció su famosa doctrina, “América para los americanos”, Estados Unidos era un país en nacimiento, enorme y vacío, que buscaba su lugar en un mundo dominado por las potencias europeas. No podía, entonces, aspirar a manejar mucho más que el vecindario y así lo hizo hasta fines del siglo XIX, principios del XX cuando, tras robarse un buen trozo de México, se dedicó sobre todo a invadir Cuba, Nicaragua, Guatemala, Panamá, Dominicana y las perdidas Filipinas. La guerra de 1914 fue su entrada en la liga de los grandes y allí se quedó, en una posición cada vez más dominante que lo llevó, al final de la Guerra Fría, 1991, a creerse, con cierta razón, el amo del planeta. Académicos y diplomáticos hablaron entonces de la Pax Americana, en referencia a la Pax Romana, esa paz de los cementerios que Roma había sabido imponer cuando realmente dominaba su imperio.

La Guerra Fría terminó hace 35 años, ahora Estados Unidos dice que ya no puede hacer de Atlas y que vuelve a ocuparse de su patio trasero. Y que la Pax Americana se acabó y que para mantener su poder amenazado no tiene más remedio que volver a las guerritas y abusos en su parte del mundo: la Guerra Americana ya que sigue siendo un país poderoso, pero ya no el amo de la Tierra. Lo que Monroe imaginó como un futuro de ambiciones ahora lo acepta Trump como los restos que le quedan del pasado triunfal.

Hoy en este contexto, el chavismo representa el epicentro de un Nudo Gordiano, entendido como una metáfora para un problema extremadamente complejo e intrincado que parece imposible de resolver de manera convencional, cuyo origen es una leyenda de Alejandro Magno en la ciudad de Gordio, donde cortó un nudo apretado con su espada en lugar de desatarlo, resolviendo así la situación y cumpliendo la profecía de gobernar Asia. La expresión «cortar el nudo gordiano» se usa para describir una solución audaz, directa y creativa a un obstáculo difícil, rompiendo las reglas o las expectativas.

La verdad derivada de la desinformación de las redes sociales, la verdad de los medios tradicionales, la verdad de las declaraciones de las fuentes primarias, la verdad de lo que se esconde tras esas declaraciones, la verdad inmediatamente superior a esa verdad escondida y la verdad verdadera que casi nunca se sabe, son en su conjunto capas de una cebolla desde donde se derivan tácticas y estrategias jugadas en muchas bandas. El que lo entienda así, no sufrirá de estrés, ya que es muy difícil saber quien es el payaso, el que hace los programas del circo, su dueño y quien lo financia.

Vale recordar la frase icónica de Yogi Berra: «El juego no se acaba hasta que se termina», una de sus famosas expresiones que encapsulan la perseverancia y la incertidumbre del béisbol, significando que un partido no está ganado o perdido hasta que se juega la última jugada, no importa el marcador, y que un encuentro puede cambiar en cualquier momento, sirviendo como lema de esperanza y resiliencia en el deporte y en la política.

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Pedro Luis Martín Olivares

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