Pedro Luis Martín Olivares – Parte del poder mundial, representado por los presidentes de China y Rusia, intercambiaron ideas sobre aumentar su propia longevidad en una conversación que captó un micrófono abierto, durante los actos en Pekín por el 80º aniversario del final de la II Guerra Mundial. La tesis, se basaba en “trasplantar órganos constantemente” gracias a la biotecnología, lo cual confronta los conocimientos derivados de la ciencia y de la naturaleza del ser humano.
Si el ser humano es capaz de alargar la vida hasta los 150 años, Vladimir Putin y Xi Jinping muy probablemente no sobrevivirán para verlo y menos con la inmortalidad. Ni siquiera los más optimistas biotecnólogos apostarían a que dos señores de 72 años romperán con tanta holgura la barrera de la longevidad humana, que está por regla general entre los 110 y los 115 años y cuyo récord se sitúa en los 122, los que vivió la francesa Jeanne Louise Calment. “Aunque no está claro si hay un límite biológico en este punto, lo cierto es que jamás se ha superado, que con la ciencia actual no es posible llegar más allá.
La inmortalidad va contra la evolución. Como explican Manel Esteller, Salvador Macip y Noemí Sobregués Arias en el libro El secreto de la vida eterna, tendría poca utilidad a la hora de incrementar la capacidad de una especie para reproducirse y perpetuarse, que al fin y al cabo es lo que busca la selección natural. “Una especie que mantuviera el genoma intacto a lo largo de muchas generaciones estaría condenada a no evolucionar y acabaría extinguiéndose”, afirman.
El ser humano, sin embargo, lleva décadas desafiando a la evolución. Pero si alguna vez se consigue romper el límite de la longevidad, no será mediante el trasplante de órganos en cadena.
No se puede comparar el organismo a un automóvil cuyo cambio de piezas pueda mantener su funcionamiento indefinidamente. Las células de todo el cuerpo se van deteriorando con el tiempo, a medida que se reproducen, y van perdiendo funciones, haciéndose más débiles, más vulnerables a las enfermedades. Ni aunque se pudieran crear órganos con una genética idéntica a la del receptor, que no le generasen rechazo alguno, cosa que tampoco es posible actualmente, sería la receta de la inmortalidad. Se deterioran los músculos, los huesos y, sobre todo, el cerebro, cuyo reemplazo es inviable.
Xi y Putin no son los únicos hombres poderosos que fantasean con la inmortalidad, también algunos de los gurús de Silicon Valley están invirtiendo miles de millones de dólares en investigar vías para lograr, si no la vida eterna, sí su prolongación mucho más allá de lo que es ahora biológicamente posible.
Si en un futuro hay alguna revolución gracias a estas inversiones, el ser humano podría dar un salto espectacular en la longevidad. Pero, hoy por hoy, es ciencia ficción.
Lo que es real es que la humanidad ha logrado prolongar la esperanza de vida en poco más de un siglo. A principios del XX rondaba los 35 años, y hoy supera los 72 de media global. Siempre ha habido ancianos, pero hace unos siglos eran una rareza, reservada a quienes sorteaban sucesivas enfermedades mortales, mientras que en la sociedad moderna llegar a viejo es la norma. En los países más avanzados la esperanza de vida supera los 80 años.
Serían más realistas Xi y Putin si dedicaran sus esfuerzos a vivir de forma saludable los 10, 20, 30 años que pueden tener por delante. Su plan de longevidad seguramente no pasará por llegar a los 100 años, en caso de superarlos, vendrá con serio deterioro cognitivo o en una completa dependencia, que es el estado en el que muchas personas se encuentran a edades avanzadas.
Todos los años que la humanidad ha añadido a la esperanza de vida en las últimas décadas son años de mala salud, explican los autores del libro El Secreto de la Vida Eterna. “Por ejemplo, un hombre nacido en 2014 vivirá tres años más con enfermedades crónicas que uno nacido en 2006”.
La investigación sobre longevidad más verosímil se centra precisamente en aumentar los años de vida sana, y avanza, simplificando mucho, por tres caminos principales: bajar la marcha del metabolismo celular, por ejemplo, con rapamicina o dietas moderadamente hipocalóricas, eliminar células viejas y dañadas que inflaman los tejidos y rejuvenecer de forma controlada las marcas epigenéticas de la edad con reprogramación celular.
En humanos, aún no hay una píldora antiedad. Existen investigaciones prometedoras, como las de los análogos de rapamicina, que mejoran la respuesta a vacunas en mayores, o ensayos con senolíticos reducen la carga de células senescentes y mejoran la función en enfermedades ligadas a la edad. La reprogramación epigenética es esperanzadora, aunque todavía incipiente y con retos de seguridad.
La forma más realista de conseguir alargar la vida sana no pasa por estos u otros fármacos capaces de estirar los años, sino por llevar un estilo de vida saludable: dieta sana, ejercicio y buen control de los factores de riesgo.
Por otra parte, está el tema inmunológico. El paso de los años afecta a nuestra protección inmunológica de forma distinta que a los huesos, cerebro u hormonas.
Para prevenir o ralentizar esas consecuencias, resulta esencial comprender los cambios que experimenta nuestro cuerpo con el paso del tiempo. Es fácil entender qué ocurre en los huesos, el cerebro o las hormonas, pero ¿de qué manera afecta el envejecimiento a nuestras defensas?
El sistema inmunitario se puede dividir en dos ramas: la innata y la adaptativa. La primera responde rápidamente ante cualquier amenaza y avisa a la adaptativa. En ella participan, entre otros, dos tipos de glóbulos blancos: los monocitos y los neutrófilos. Estas células inician la inflamación, que nos ayuda a luchar contra las amenazas a las que nos enfrentamos. Sin embargo, las respuestas inflamatorias deben ser cortas y precisas, ya que si no el sistema inmunitario se agota manteniendo la inflamación y disminuye su capacidad para protegernos..
La inmunidad adaptativa tarda varios días en desarrollarse porque actúa específicamente contra el microorganismo o célula cancerígena que nos amenaza. Está constituida por otro tipo de glóbulos blancos: los linfocitos T y B. Los primeros interaccionan con la inmunidad innata, eliminan células infectadas y activan a los segundos, que producen anticuerpos. Ambos generan células de memoria que recuerdan a los enemigos a los que nos hemos enfrentado para que, si vuelven a atacarnos, actuemos de forma más rápida y efectiva.
Lo que ocurre es que, con el paso del tiempo, nuestras células del sistema inmunitario también envejecen en un proceso llamado inmunosenescencia o immunoaging. En primer lugar, los neutrófilos y monocitos experimentan una reducción en su capacidad de moverse y de eliminar patógenos eficazmente. Y en lo que se refiere a la inmunidad adaptativa, la generación de nuevos linfocitos disminuye, lo que dificulta hacer frente a nuevos patógenos. Aunque se acumulan las células de memoria, su activación se ve limitada.
Esta nueva composición del sistema inmunitario favorece una inflamación constante y respuestas más débiles y desordenadas ante las amenazas. Nuestras defensas envejecidas se vuelven torpes y un poco más lentas. Todo ello contribuye a una mayor desprotección frente a infecciones, un mayor daño en nuestro organismo y, en consecuencia, al desarrollo de patologías asociadas a la edad.
Pero, a veces, el envejecimiento del sistema inmune no se corresponde con la fecha de nacimiento. Es lo que ocurre con los pacientes de algunas enfermedades autoinmunes como la artritis o el lupus.
Recientemente, se ha descubierto un nuevo tipo de linfocitos B –las llamadas células B asociadas a edad o células ABC, cuyo número aumenta de manera natural al cumplir años. No obstante, su abundancia puede dispararse en otras situaciones.
Aunque inicialmente se pensaba que su función era únicamente producir anticuerpos frente a la presencia de patógenos, se ha comprobado que también juegan un papel central en la autoinmunidad. Es decir, estas células producen anticuerpos contra partes de nuestro propio organismo y activan a otros linfocitos, lo que contribuye a generar inflamación sostenida en el tiempo.
En esta situación, la inflamación agrava la enfermedad, afectando a diferentes tejidos; entre ellos, los vasos sanguíneos. Y es aquí donde encontramos una conexión entre las dolencias autoinmunes y ciertos achaques propios de la tercera edad.
La primera causa de muerte en el mundo son las enfermedades cardiovasculares, y la edad es uno de los principales factores de riesgo. Pero además, muchos pacientes con enfermedades autoinmunes tienen una mayor probabilidad de padecer patologías del corazón respecto a la población sana de su misma edad y sexo.
Un evento clave que precede a muchas enfermedades cardiovasculares es la formación de placas de colesterol. Este proceso se ve favorecido por la inflamación, que daña las células de los vasos sanguíneos, favorece los depósitos de ese lípido e impide su eliminación por los macrófagos, aumentando así el tamaño de las placas. De ese modo, los cambios que alteran el funcionamiento de nuestras defensas pueden favorecer el crecimiento de las placas de colesterol y, con ello, el riesgo de enfermedades cardiovasculares.
Este tipo de descubrimientos podrían abrir nuevos horizontes para ralentizar el envejecimiento del sistema inmunitario, mejorar la calidad de vida de los mayores y ayudar a encontrar soluciones a diversas patologías. La relación entre las dolencias autoinmunes y las enfermedades cardiovasculares podría ser una clave para aumentar nuestra longevidad.
Sabías que puedes leer este artículo y otros en Telegram

Sé el primero en comentar en «El Poder vs La Naturaleza»